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domingo, 23 de septiembre de 2012
martes, 29 de marzo de 2011
EL HIJO DE "EL SANTO" SIGUE LUCRANDO CON SU PADRE
GUADALAJARA.— El Hijo del Santo provocó que se cancelara la exhibición, en el marco del festival de cine que se desarrolla en esta ciudad, de la cinta inédita El vampiro y el sexo / Santo en el Tesoro de Drácula, en donde aparecían algunas mujeres desnudas, lo cual era considerado mito hasta hace unos años.
Iván Trujillo, director del festival, explicó que el luchador considera que en realidad se trata de una película armada, además de que daña la imagen de su padre. Ante la polémica, el festival decidió sacarla de su programación.
Pero a pregunta expresa, Trujillo consideró que todo podría reducirse a cuestiones económicas entre El Hijo del Santo y Cinematográfica Calderón, dueña de los derechos del filme.
“Tengo la misma opinión o suspicacia de que esto es cuestión de arreglarse económicamente. Diría que ojalá y así sea. Por eso se requiere tiempo para poder dirimir, clarificar bien las cosas de derechos, de si alguien tiene que pagarle a alguien más o no”, señaló.
Trujillo aclaró que la decisión también es para evitar pirataje de la cinta dirigida por René Cardona.
“Teníamos una acuerdo para exhibirla con un productor en condiciones de pago, pero no me gustaría violar tampoco los derechos patrimoniales, que es otra parte. Por eso hemos decidido no pasarla”. Consideró que no se trata de un hecho de censura, recordando que ya han ocurrido casos similares. “Creo que más por censura, va relacionado a un arreglo económico. Han habido algunas películas que permanecen enlatadas por dinero, como La mujer del puerto, que tuvo diferendos, lo que impidió verla por mucho tiempo”.
El director del festival tiene confianza en que el asunto se resuelva: “Vale la pena que se pongan de acuerdo (las partes) porque queremos ver la película. Estoy dolido por no poder proyectar la película”, puntualizó.
Las escenas de la polémica
En la película, Aldo Monti interpreta al conde y aparecía en unas escenas junto a las vampiras que enseñaban todo generosamente. Alberto “El Caballo” Rojas, que debutó en el cine con esta película, se quejaba amargamente de que a él no lo habían invitado a la filmación de las dobles escenas.
Existe también un tríptico francés a color (de la colección del especialista Christian Cymet), que prueba que por lo menos, algunos galos, la gozaron.
Como dato curioso: el Santo no aparece nunca en las escenas de desnudos con Jessica Rivano, Diana Arriaga, Paulette o Sonia Aguilar. Ahora sólo queda esperar la caída final de esta lucha en la que, dice el vástago, no se cobrará nada porque con la moral no se lucra.
El menos indicado para hablar de moral es quien ha lucrado con la fama de Rodolfo Guzmán, el único Santo y para comprobarlo basta preguntar a los hermanos del "Hijo del Santo" sobre el descarado despojo de que fueron objeto de su parte proporcional del legado de su padre y que el actual luchador que se autonombra heredero y protector de la "integridad moral" de su padre, El Enmascarado de Plata, de plano... enseñó el Cobre.
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jueves, 24 de marzo de 2011
FIN DEL MITO: EXHIBEN PELÍCULA "PORNO" DE EL SANTO
Ya lo habíamos anticipado y era cuestión de esperar con paciencia. El Festival Internacional de Cine de Guadalajara 2011, que abre este 25 de marzo, será testigo de la exhibición de la película "El vampiro y el sexo", dirigida en 1969 por el director René Cardona (1905-1988), e interpretada por el luchador mexicano Santo, "el enmascarado de plata".
Se trata de una versión a color, con desnudos totales de las mujeres vampiro y escenas eróticas, de otra película que sí era apta para toda la familia, "Santo en el tesoro de Drácula", de ese mismo año.
"El Vampiro y el sexo" era toda una leyenda, pues hace 25 años, la revista Dicine publicó varias fotografías fijas de las escenas donde aparecen las vampiras desnudas, en la corte del conde Drácula, además de carteles de la película.
Sin embargo, los historiadores de cine creían que había sido un truco publicitario o una simple curiosidad para atraer el público adulto hacia la figura de el Santo.
Pero siempre permaneció la versión de que existía realmente una película erótica del Santo, que había sido realizada para ser exportada a Europa, donde se había exhibido sin censura, y que en México nadie se había enterado.
Hoy, se confirma que la película existe y podrá ser vista por el público mexicano. El rescate de la cinta fue realizado por la cineasta Viviana García Besné, quien es sobrina-nieta de Guillermo Calderón Steel, productor de las dos películas, la familiar ("Santo en el tesoro...") y la erótica ("El Vampiro y el Sexo").
El estreno de "El Vampiro y el Sexo" será en Guadalajara el 29 de marzo en Cineforo, a las 21:30 horas y un día después se exhibirá en Foro Expo, a las 20:00 horas.
García Besné espera que posteriormente, se pueda exhibir en otros circuitos, e incluso lanzarla en DVD.
En una entrevista publicada por la revista Proceso, García Besné cuenta que encontró la película en la bodega de la casa de su tío Calderón Steel, quien la había guardado y le había prometido al Santo nunca proyectar el filme.
Pero García Besné, a escondidas, llevó las copias a la Filmotéca de la UNAM para ser restauradas y luego convenció a sus tíos de que el filme merecía ser conocido por el público.
García Besné dice que Calderón Steel cedió en que la película se exhibiera, y aclaró que su conciencia está tranquila pues la exhibición ya está en manos de alguien más.
Las copias que se encontraron llevan subtítulos en inglés y en francés, por lo que se especula que pudieron haber sido exhibidas originalmente en el extranjero, aunque eso aún no ha podido ser confirmado.
Besné adelantó que el filme incluye una escena donde se advierte a Drácula (interpretado por Aldo Monti), besando los senos de una mujer vampiro, y en otra, cerca de 20 mujeres desnudas lo escuchan.
Sin embargo, asegura que la figura del Santo no sale perjudicada en la película, pues él nunca participa en las escenas de desnudos y siempre pelea del lado bueno, aunque las sensuales vampiras buscan hacerlo caer en la tentación.
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jueves, 18 de noviembre de 2010
SANTO EN EL MUSEO DEL SEXO
Por Bernardo Esquinca
Una boca abierta dentro de una máscara plateada. Una mujer descubre sus pechos puntiagudos como dos colmillos. Las manos que antes aplicaron llaves sobre cuerpos sudorosos y musculosos se abren, enormes, en busca de humedades más suavesy profundas. La pantalla en blanco y negro reverbera mientras las figuras se acercan rodeadas de esculturas prehispánicas. El combate de la carne se da en medio de inevitables dentelladas...
Todo mito que se precie de serlo, engendra un mito dentro de sí mismo. A la leyenda del cuadrilátero, la del hombre que enfrentó a zombis, momias, marcianos y capulinas (no arañas mutantes, sino al mismísimo Gaspar Henaine) sin desfallecer ni amedrentarse, se le tiene que agregar una leyenda urbana que, como tal, ha ido creciendo de boca en boca, de oreja en oreja, lubricando la imaginación y los pensamientos de sus seguidores: existen filmes pornográficos del Santo, el enmascarado de plata, el ídolo del pancracio. Los rumores, por supuesto, provienen de lugares tan ignotos como los escenarios donde se desarrollaron sus aventuras: "En los sótanos del Cineforo de la Universidad de Guadalajara hay unos rollos perdidos." Y la leyenda crece. "En un ring de Catemaco hay funciones secretas." Y el chisme aumenta. "Los herederos las tienen pero las consideran una vergüenza." Y la fe no desfallece. "Sí, un primo de un tío de un amigo vio uno." Y el mito evoluciona incluso hasta ser consignado, como en el sitio web "Estrellas del cine mexicano", del Tecnológico de Monterrey, donde Maximiliano Maza escribe:
En sus aventuras, el Santo siempre estuvo rodeado de bellas y atrevidas mujeres [...] Otras más, como la singular Meche Carreño de El barón Brákola, llegaron a quitarse la ropa en versiones editadas "para público adulto" que se exhibieron fuera de México. Estas desinhibidas "versiones para exportación" de las aventuras del Santo fueron las que conquistaron los mercados de España, Francia y los Estados Unidos. De ellas, la más popular fue Santo en el tesoro de Drácula (1968) que en el extranjero fue conocida como El vampiro y el sexo.
Sólo basta cerrar los ojos para ver una imagen de dicho filme: Dos mujeres se besan, enredan sus lenguas, se muerden hasta cortarse los labios y después lamen, ansiosas, las gotas carmesí. Unos ojos observan dentro de una máscara plateada. El cuerpo cuelga de cadenas. Lo envuelve la fría oscuridad de una catacumba. Las bocas hambrientas se despegan y enseñan sus dientes afilados. Las criaturas miran, lúbricas, el torso desnudo y sangrante del héroe caído. Se abalanzan sobre él, succionan sus pezones, le rasgan la piel, vampirizan su sexo...
Si lo pensamos bien, no resulta descabellada la idea de que el Santo filmara versiones para adultos de sus películas. En una filmografía que incluye títulos como El tesoro de Moctezuma, La venganza de la Llorona y Santo contra el asesino de la televisión, todo es posible. Además, bien pudo ser uno de los precursores del sexo fetichista y sadomasoquista en el cine: su máscara, capa y botas quizá anticiparon a la ahora muy desarrollada cultura del látex y las capuchas de cuero utilizadas en el bondage. Si a esto sumamos los calabozos y las celdas en las que el héroe continuamente era sometido y encadenado, podríamos estar hablando no sólo de un delirio erótico con escasos precedentes, sino con todo el sello del surrealismo mexicano. Nuestro país no se distingue precisamente por ser un productor importante de filmes pornográficos; de hecho, la industria es incipiente. Si en verdad existen las películas porno del Santo, su relevancia trascendería la mera anécdota y se instalaría en el terreno de la historia del cine nacional, en un capítulo licencioso que modificaría significativamente su pasado.
2
"En la Arena México pregunta por El Monje, vende máscaras, él tiene lo que buscas", me había dicho el día anterior un conocido mientras orinábamos en un bar de Garibaldi. Viernes de lucha. La Colonia Doctores, sumergida en una mugre que parece caerle del cielo, recibe a los fanáticos del pancracio. El Monje no está por ningún lado, pero una señora de senos descomunales me informa que "lo encuentras en el Chopo".
El domingo llueve desde temprano. Es una lluvia delgada que no espanta a la multitud reunida en el tianguis de la Colonia Guerrero. Después de deambular y preguntar durante un par de horas, en un puesto de tatuajes y piercing, finalmente alguien conoce al Monje. Un darketo vestido de cuero y con amplias sombras moradas pintadas alrededor de los ojos —vampiro cyberpunk— me pide que lo siga. ¿Serán los herederos de la leyenda porno del Santo —me pregunto—, un culto secreto que cambió las máscaras por los aretes y las capas por las gabardinas negras? Minutos después estamos frente al Monje, un hombre gordo con cara de niño, que atiende un puesto de videos pirata. Una vez que le comento lo que busco, mete la mano bajo el mostrador y extrae un videocasete que carece de etiquetas. Me lo entrega sin mayor ceremonia y después se dedica a comer una torta gigante. Incluso ni me cobra, lo cual despierta en mí sentimientos encontrados: o me está tomando el pelo o realmente estoy ante una cofradía que comparte generosamente sus tesoros con los iniciados. Como si leyera mis pensamientos, el Monje cierra los ojos y revela la máscara del Santo tatuada en cada uno de sus párpados.
Ya frente al televisor, con la pantalla en azul, mi dedo tiembla y se niega a presionar el botón de play. Algunos misterios no deben ser aclarados, pienso. Extraigo el videocasete y lo tiro a la basura. Me acuesto en la cama y me entrego al sueño, en busca del filme interior, el único que realmente existe, dentro del ring de la mente, a dos de tres caídas y sin límite de tiempo...
Un hombre desnudo yace sobre una cama con dosel. Lentamente se incorpora. Las heridas en su carne muestran una cruenta batalla. Las sábanas también tienen costras: sangre, mucosas, semen. Camina tambaleante por la habitación estilo virreinal hasta un amplio espejo con marco de oro. La superficie cromada no reproduce su reflejo. En el suelo yace una máscara plateada de ojos vacíos. La puerta se abre con un rechinido característico. Un pie descalzo de mujer asoma: el centelleo de un empeine blanquísimo en la penumbra. Un penetrante olor a animales nocturnos comienza a flotar en el aire. Ambas criaturas sonríen: saben que en los territorios de la carne siempre habrá un cuerpo dispuesto a ser sacrificado.
Fuente: Letras Libres.
Una boca abierta dentro de una máscara plateada. Una mujer descubre sus pechos puntiagudos como dos colmillos. Las manos que antes aplicaron llaves sobre cuerpos sudorosos y musculosos se abren, enormes, en busca de humedades más suavesy profundas. La pantalla en blanco y negro reverbera mientras las figuras se acercan rodeadas de esculturas prehispánicas. El combate de la carne se da en medio de inevitables dentelladas...
Todo mito que se precie de serlo, engendra un mito dentro de sí mismo. A la leyenda del cuadrilátero, la del hombre que enfrentó a zombis, momias, marcianos y capulinas (no arañas mutantes, sino al mismísimo Gaspar Henaine) sin desfallecer ni amedrentarse, se le tiene que agregar una leyenda urbana que, como tal, ha ido creciendo de boca en boca, de oreja en oreja, lubricando la imaginación y los pensamientos de sus seguidores: existen filmes pornográficos del Santo, el enmascarado de plata, el ídolo del pancracio. Los rumores, por supuesto, provienen de lugares tan ignotos como los escenarios donde se desarrollaron sus aventuras: "En los sótanos del Cineforo de la Universidad de Guadalajara hay unos rollos perdidos." Y la leyenda crece. "En un ring de Catemaco hay funciones secretas." Y el chisme aumenta. "Los herederos las tienen pero las consideran una vergüenza." Y la fe no desfallece. "Sí, un primo de un tío de un amigo vio uno." Y el mito evoluciona incluso hasta ser consignado, como en el sitio web "Estrellas del cine mexicano", del Tecnológico de Monterrey, donde Maximiliano Maza escribe:
En sus aventuras, el Santo siempre estuvo rodeado de bellas y atrevidas mujeres [...] Otras más, como la singular Meche Carreño de El barón Brákola, llegaron a quitarse la ropa en versiones editadas "para público adulto" que se exhibieron fuera de México. Estas desinhibidas "versiones para exportación" de las aventuras del Santo fueron las que conquistaron los mercados de España, Francia y los Estados Unidos. De ellas, la más popular fue Santo en el tesoro de Drácula (1968) que en el extranjero fue conocida como El vampiro y el sexo.
Sólo basta cerrar los ojos para ver una imagen de dicho filme: Dos mujeres se besan, enredan sus lenguas, se muerden hasta cortarse los labios y después lamen, ansiosas, las gotas carmesí. Unos ojos observan dentro de una máscara plateada. El cuerpo cuelga de cadenas. Lo envuelve la fría oscuridad de una catacumba. Las bocas hambrientas se despegan y enseñan sus dientes afilados. Las criaturas miran, lúbricas, el torso desnudo y sangrante del héroe caído. Se abalanzan sobre él, succionan sus pezones, le rasgan la piel, vampirizan su sexo...
Si lo pensamos bien, no resulta descabellada la idea de que el Santo filmara versiones para adultos de sus películas. En una filmografía que incluye títulos como El tesoro de Moctezuma, La venganza de la Llorona y Santo contra el asesino de la televisión, todo es posible. Además, bien pudo ser uno de los precursores del sexo fetichista y sadomasoquista en el cine: su máscara, capa y botas quizá anticiparon a la ahora muy desarrollada cultura del látex y las capuchas de cuero utilizadas en el bondage. Si a esto sumamos los calabozos y las celdas en las que el héroe continuamente era sometido y encadenado, podríamos estar hablando no sólo de un delirio erótico con escasos precedentes, sino con todo el sello del surrealismo mexicano. Nuestro país no se distingue precisamente por ser un productor importante de filmes pornográficos; de hecho, la industria es incipiente. Si en verdad existen las películas porno del Santo, su relevancia trascendería la mera anécdota y se instalaría en el terreno de la historia del cine nacional, en un capítulo licencioso que modificaría significativamente su pasado.
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| El vampiro y el sexo |
"En la Arena México pregunta por El Monje, vende máscaras, él tiene lo que buscas", me había dicho el día anterior un conocido mientras orinábamos en un bar de Garibaldi. Viernes de lucha. La Colonia Doctores, sumergida en una mugre que parece caerle del cielo, recibe a los fanáticos del pancracio. El Monje no está por ningún lado, pero una señora de senos descomunales me informa que "lo encuentras en el Chopo".
El domingo llueve desde temprano. Es una lluvia delgada que no espanta a la multitud reunida en el tianguis de la Colonia Guerrero. Después de deambular y preguntar durante un par de horas, en un puesto de tatuajes y piercing, finalmente alguien conoce al Monje. Un darketo vestido de cuero y con amplias sombras moradas pintadas alrededor de los ojos —vampiro cyberpunk— me pide que lo siga. ¿Serán los herederos de la leyenda porno del Santo —me pregunto—, un culto secreto que cambió las máscaras por los aretes y las capas por las gabardinas negras? Minutos después estamos frente al Monje, un hombre gordo con cara de niño, que atiende un puesto de videos pirata. Una vez que le comento lo que busco, mete la mano bajo el mostrador y extrae un videocasete que carece de etiquetas. Me lo entrega sin mayor ceremonia y después se dedica a comer una torta gigante. Incluso ni me cobra, lo cual despierta en mí sentimientos encontrados: o me está tomando el pelo o realmente estoy ante una cofradía que comparte generosamente sus tesoros con los iniciados. Como si leyera mis pensamientos, el Monje cierra los ojos y revela la máscara del Santo tatuada en cada uno de sus párpados.
Ya frente al televisor, con la pantalla en azul, mi dedo tiembla y se niega a presionar el botón de play. Algunos misterios no deben ser aclarados, pienso. Extraigo el videocasete y lo tiro a la basura. Me acuesto en la cama y me entrego al sueño, en busca del filme interior, el único que realmente existe, dentro del ring de la mente, a dos de tres caídas y sin límite de tiempo...
Un hombre desnudo yace sobre una cama con dosel. Lentamente se incorpora. Las heridas en su carne muestran una cruenta batalla. Las sábanas también tienen costras: sangre, mucosas, semen. Camina tambaleante por la habitación estilo virreinal hasta un amplio espejo con marco de oro. La superficie cromada no reproduce su reflejo. En el suelo yace una máscara plateada de ojos vacíos. La puerta se abre con un rechinido característico. Un pie descalzo de mujer asoma: el centelleo de un empeine blanquísimo en la penumbra. Un penetrante olor a animales nocturnos comienza a flotar en el aire. Ambas criaturas sonríen: saben que en los territorios de la carne siempre habrá un cuerpo dispuesto a ser sacrificado.
Fuente: Letras Libres.
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