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sábado, 2 de enero de 2016
sábado, 30 de julio de 2011
El «complejo de Dios» de la modernidad
Por Leonardo Boff
La crisis actual no es solo una crisis de escasez creciente de recursos y de servicios naturales. Es fundamentalmente la crisis de un tipo de civilización que ha colocado al ser humano como «señor y dueño» de la naturaleza (Descartes). Ésta, para él, no tiene espíritu ni propósito y por eso puede hacer lo que quiera con ella.
Según el fundador del paradigma moderno de la tecnociencia, Francis Bacon, el ser humano debe torturarla hasta que nos entregue todos sus secretos. De esta actitud se ha derivado una relación de agresión y de verdadera guerra contra la naturaleza salvaje que debía ser dominada y «civilizada». Surgió así también la proyección arrogante del ser humano como el «Dios» que domina y organiza todo.
Debemos reconocer que el cristianismo ayudó a legitimar y a reforzar esta comprensión. El Génesis dice claramente: «llenad la Tierra y sujetadla y dominad sobre todo lo que vive y se mueve sobre ella» (1,28). Después se afirma que el ser humano fue hecho «a imagen y semejanza de Dios» (Gn 1,26). El sentido bíblico de esta expresión es que el ser humano es lugarteniente de Dios, y como Éste es el señor del universo, el ser humano es el señor de la Tierra. Él goza de una dignidad que es solo suya: la de estar por encima de los demás seres. De aquí se generó el antropocentrismo, una de las causas de la crisis ecológica. Finalmente, el monoteísmo estricto suprimió el carácter sagrado de todas las cosas y lo concentró sólo en Dios. El mundo, al no poseer nada de sagrado, no necesita ser respetado. Podemos modelarlo a nuestro gusto. La moderna civilización de la tecnociencia ha ocupado todos los espacios con sus aparatos y ha podido penetrar en el corazón de la materia, de la vida y del universo. Todo venía envuelto con el aura del «progreso», una especie de recuperación del paraíso, en otro tiempo perdido, pero ahora reconstruido y ofrecido a todos.
Esta visión gloriosa empezó a derrumbarse en el siglo XX con las dos guerras mundiales y otras coloniales que produjeron doscientos millones de víctimas. Cuando se perpetró el mayor acto terrorista de la historia, las bombas atómicas lanzadas sobre Japón por el ejército estadounidense, que mataron a miles de personas y destruyeron la naturaleza, la humanidad se llevó un susto del cual no se ha repuesto hasta hoy. Con las armas atómicas, biológicas y químicas construidas después, nos hemos dado cuenta de que no necesitamos a Dios para hacer realidad el Apocalipsis.
No somos Dios y querer serlo nos lleva a la locura. La idea del hombre queriendo ser «Dios» se ha transformado en una pesadilla. Pero él se esconde todavía detrás del «tina» (there is no alternative) neoliberal: «no hay alternativa, este mundo es definitivo». Ridículo. Démonos cuenta de que «el saber como poder» (Bacon) cuando se realiza sin conciencia y sin límites puede autodestruirnos. ¿Qué poder tenemos sobre la naturaleza? ¿Quién domina un tsunami? ¿Quién controla el volcán chileno Puyehe? ¿Quién frena la furia de las inundaciones en las ciudades serranas de Río? ¿Quién impide el efecto letal de las partículas atómicas de uranio, de cesio y de otros elementos, liberadas por las catástrofes de Chernobyl y de Fukushima? Como dijo Heidegger en su última entrevista a Der Spiegel: «sólo un Dios podrá salvarnos».
Tenemos que aceptarnos como simples criaturas junto con todas las demás de la comunidad de vida. Tenemos el mismo origen común: el polvo de la Tierra. No somos la corona de la creación, sino un eslabón de la corriente de la vida, con una diferencia, la de ser conscientes y con la misión de «guardar y cuidar el jardín del Edén» (Gn 2,15), es decir, de mantener las condiciones de sostenibilidad de todos los ecosistemas que componen la Tierra.
Si partimos de la Biblia para legitimar la dominación de la Tierra, tenemos que volver a ella para aprender a respetarla y a cuidarla. La Tierra generó a todos. Dios ordenó: «Que la Tierra produzca seres vivos, según su especie» (Gn 1,24). Ella, por lo tanto, no es inerte; es generadora, es madre. La alianza de Dios no es solo con los seres humanos. Después del tsunami del diluvio, Dios rehizo la alianza «con nuestra descendencia y con todos los seres vivos» (Gn 9,10). Sin ellos, somos una familia menguada.
La historia muestra que la arrogancia de «ser Dios», sin nunca poder serlo, sólo nos trae desgracias. Bástenos ser simples criaturas con la misión de cuidar y respetar a la Madre Tierra. (Costa Rica Hoy)
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lunes, 11 de octubre de 2010
LOS 5 JINETES DEL APOCA...LIPE
Dice la Palabra:
–Y cuando llegué al primer año, oí una voz como mormada que me decía: Ven y mira. Y miré. Y he aquí un jinete que casi se come al caballo. Y el jinete decía: “La desaceleración en la economía de Estados Unidos sí afectará a México pero no como en el pasado”. Y al decir esto, miles morían de pulmonía tras su paso.
–Y cuando llegué al primer año, oí una voz como mormada que me decía: Ven y mira. Y miré. Y he aquí un jinete que casi se come al caballo. Y el jinete decía: “La desaceleración en la economía de Estados Unidos sí afectará a México pero no como en el pasado”. Y al decir esto, miles morían de pulmonía tras su paso.
Era el Jinete del Catarrito
–Y cuando llegué al primer retén, oí una voz marcial que me decía: Ven y mira. Y miré. Y salió otro jinete pasándose la Constitución por el arco del triunfo, dejando a su paso daños colaterales que eran los menos.
Era el Jinete de las Gastritis Crónicas
–Y cuando llegué a fin de mes, oí una voz bravucona y arrogante que me decía: Coopelas o cuello. Y miré y he aquí un jinete que cortaba cabezas y desaparecía sindicatos. Era tal su saña y su ambición, que de un tajo dejaba sin empleo a 44 mil trabajadores, mientras él soñaba con un nuevo trabajo en el 2012.
Era el Jinete del Desempleo.
–Y cuando llegué a casa, oí una voz en horario triple A que me decía: “Mire usted, hoy el presidente decretó el final, sí, el final de la crisis”. Y como de un caballo de Troya, comenzó a salir un ejercito de “analistas” y “comunicadores” que cantaban las loas al poder.
Era el Jinete de las Estrellas.
–Y cuando creí haber sobrevivido al Apocalipsis, apareció un quinto jinete. Éste era el más letal de todos, pues a su paso, ya se contaban más de 22 mil 700 muertos. Y eso que íbamos ganando.
Era el Jinete del Apoca (Fe) ipe
Cortesía de: http://www.eljustoreclamo.blogspot.com/
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