BLOG DE ANÁLISIS Y PERIODISMO PROPOSITIVO

BLOG DE ANÁLISIS Y PERIODISMO PROPOSITIVO
La verdad nos hará libres...
Mostrando entradas con la etiqueta prepotencia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta prepotencia. Mostrar todas las entradas

lunes, 8 de junio de 2020

LA PIZZA MALDITA

Lady Pizza: una mujer  que desató su furia dentro de un restaurante porque le pidieron ¡usar cubrebocas!

Lady Pizza. Ese es el apodo que recibió en Twitter la mujer que se volvió viral este lunes por amenazar y agredir a los empleados de una pizzería Little Caesars en Naucalpan, Estado de México.
El incidente, que fue grabado por varios testigos, comenzó cuando los trabajadores del restaurante se negaron a atender a una clienta porque no llevaba cubrebocas, ni cumplía el protocolo de seguridad para evitar la propagación del COVID-19.

Completamente enfurecida, la mujer se enfrentó entonces al vigilante de seguridad para que le dejara ingresar al local. Ante la negativa del guardia, y decidida a conseguir su pizza, atravesó la entrada del establecimiento y se dirigió con actitud amenazante hacia los empleados que se encontraban tras el mostrador.
“¿A ver quién me va a atender culeros? ¿Tienes mi pizza o no? ¿No? ¿Seguro? Chinga a tu madre put*. Chingas a tu put* madre. ¿Qué pedo p*to? Vete a la v*rg*”, grita mientras lanza con agresividad a los meseros todos los objetos que encuentra en el mostrador.
“¿Quieres ver cómo le hablo a mi banda y ahorita valiendo v*rga llegan y los rafaguean?”, le dice la mujer al guardia para amenazarlo.
Tras publicarse en Twitter, el video, de dos minutos y medio, se convirtió en tendencia e indignó a miles de usuarios, que apodaron a la mujer como #LadyPizza, y criticaron su pésima actitud. Y es que además de agredir al guardia y de arrojar objetos por los aires para lanzarlos fuertemente contra los empleados, la clienta golpeó y escupió el mostrador, chilló a algunos testigos y amenazó a todos los trabajadores.
“Te voy a traer a mi wey para que te rompa tu p... madre”, dijo en un momento del clip. “¡Dame mi pizza! ¿No? Te vas a la verga, ya te vi c*lero y sé que trabajas aquí”, advirtió a un mesero antes de abandonar el bar sin su pedido.
Según explicó la mujer en las imágenes, ella se había formado y ya había pagado por su pizza. Un hecho que para los usuarios de Twitter no justifica de ninguna manera su comportamiento.
Aunque hasta el momento no ha sido identificada, a través de la red social muchos pidieron a las autoridades que la localicen para que sus actos no queden impunes. Además, han instado a Little Caesar a defender a sus trabajadores y emprender acciones legales contra la clienta. Al mismo tiempo, otros aplaudieron la templanza y paciencia de los meseros, que mantuvieron la compostura, a pesar de los insultos y los objetos voladores.
“Que alguien le avise a #LadyPizza que cuente hasta 10... ya que el personal de seguridad y los empleados de #LittleCaesars no contaron hasta 10, sino hasta mil para aguantar su trompabulario”, escribió @MALEX244.
“Qué feo saber que hay personas que se ponen así porque no les venden cosas por no cumplir con el protocolo de covid. Por cosas como esas la cuarentena terminó siendo de 4 meses #LadyPizza”, opinó la usuaria @andreamsoliss.
La terrible escena que protagonizó, se convirtió en el caso más reciente de agresión contra trabajadores de primera línea, quienes desde que comenzó la pandemia, se han visto expuestos no solo a la enfermedad, sino a la hostilidad de los clientes que se niegan a respetar las medidas de seguridad sanitarias. En el Estado de México, el uso de cubrebocas es obligatorio desde finales de abril.
Aún Little Caesar no han emitido ningún comunicado sobre el incidente. (Texto: Infobae)

viernes, 4 de febrero de 2011

El Último Dinosaurio

No sirvas a quienes han servido...


Por Francisco Galindo Ochoa


La otra incapacidad es no aprender a mandar. Hacerlo con desorden o con ignorancia ya es comenzar del carajo. Pero si, además, se hace no con mando sino con leperadas, la cosa se pone de la chingada



Un viejo refrán de los abuelos rezaba que “no sirvas a quien ha servido ni pidas a quien ha pedido”.
La consigna es más que clara. Hay muchos individuos que las circunstancias de la vida, aunadas a su propia naturaleza, los han obligado a servir hasta de manera indecorosa.
Son aquellos que no han sido serviciales sino serviles. Eso, a la larga, los ha llenado de rencor o de resentimiento y los ha dispuesto a cobrársela con el primero que tengan a la mano.
Desde luego que esto no quiere decir que quienes nos hemos movido en el terreno de la pobreza seamos, de manera irredente, unos jijos de la chingada. De ninguna manera es así. Más aún, en el campo de la política y en otros muchos oficios, casi todos comenzamos desde abajo.
Todos tuvimos jefes antes de convertirnos en jefes. Todos cursamos una carrera muy escalafonaria, tanto en lo que concierne a rangos como a conocimientos, a prestigios y a respetos. Nadie nació enredado en la banda presidencial como si fuera un cordón umbilical tricolor.
Pero aunque fuéramos jefecitos de oficina o agentes ministeriales en Milpa Alta, había alguien sobre quién mandar y eso compensaba las cosas.
De hecho, casi todos aprendimos a mandar al mismo tiempo que aprendimos a obedecer. Malo y muy jodido es aquel cabrón que no aprende alguna de las dos artes o, peor aún, que no aprende alguna de las dos.
No aprender a obedecer es forjar una carrera breve y ridícula. Recuerdo a un canijo muy berrinchudo que, por lo mismo, era muy rebelde y muy insolente. Pero un día le tocó de jefe un cabrón igualito a él y allí se chingó la cosa. Porque no es lo mismo un berrinchudo jefe que un berrinchudo gato.
A la primera de cambios, chocaron los trenes y el pendejo sirviente se fue al carajo en menos de lo que canta un gallo.
Quizá por eso dicen los abogados realistas y sensatos que el artículo más importante de toda ley orgánica son los tompiates del jefe. Es decir, lo que se le hincha al güey que ocupa el cuadrito que está hasta arriba en el organigrama. El mismo que utiliza el teléfono número 111 de la red interna. Esa tercia de ases no la asignaron los matemáticos sino los políticos. Es para recordar a todos que quien les habla es el jefe-jefe-jefe.
La otra incapacidad es no aprender a mandar. Hacerlo con desorden o con ignorancia ya es comenzar del carajo. Pero si, además, se hace no con mando sino con leperadas, la cosa se pone de la chingada. Porque el mando es como la rienda de los jinetes. El buen caballo la agradece cuando se siente guiado por mano sabia y no teme que su cabalgante lo lleve a donde quiera.
Pero si el que lleva las riendas es un pendejo y hasta el propio cuadrúpedo se da cuenta de ello, es muy lógico que rehúse o hasta que recule. ¿Quién va a estar obedeciendo a tarugos todo el tiempo y para lo que sea? Peor aún si a su pendejez agrega la grosería. Por eso, aquel subsecretario que, ante la insolencia del titular, se puso de pie y, con la voz más serena y con el porte más aplomado le dijo, de manera muy pausada: “señor-secretario-vaya-usted-y-chingue-a-su-puta-madre”. Toda la mesa de consejo lo aplaudió en silencio, pero salieron a contarlo y festinarlo a voz en cuello.
Asimismo sucede con pedirle algo a quien siempre anduvo de pedigüeño. No digo que a todos, pero a alguien le va a cobrar sus peticiones, sus súplicas, sus ruegos y, por si fuera poco, sus fracasos. Porque se dice que prometer no empobrece sino que dar es lo que aniquila. De manera muy similar, se puede decir que pedir no humilla, pero no recibir es lo que avasalla.
Recuerdo una ocasión muy simple, pero muy ejemplificativa. El hijo de un amigo mío tuvo que refrendar su pasaporte, en condiciones urgentes de trabajo. Había perdido su cartilla, en ese entonces documento indispensable. Por eso se le ocurrió recurrir a un alto funcionario de la cancillería, viejo amigo de su padre. El funcionario lo mandó a la chingada argumentando, de manera equivocada, las normas ineludibles.
Después de esto, el joven fue a la ventanilla de trámite. Le explicó a la muchacha empleada que su constancia de cartilla estaba en los propios archivos de la cancillería, con motivo de sus anteriores pasaportes. La modesta empleadita le contestó que iniciarían el trámite, verificarían los archivos y, de ser cierto su dicho, regresara ya tan solo a recoger su pasaporte ya vigente bajo el entendido que, de lo contrario, “nanches”. Todo se solucionó como debió ser.
Este joven, ya maduro y funcionario, me lo contó como enseñanza de la mezquindad de un amigo paterno envidioso y rencoroso que no quiso servir, en algo tan insignificante, la petición del hijo de un amigo al que todas las semanas le lamía las patas en el salón principal del Jockey Club.
Es cierta la sabiduría de los abuelos. Tengamos cuidado de servir bajo las órdenes de los sirvientes y, desde luego, nunca bajo el mando de los serviles.
Ese mismo joven me dijo un día que, entre los humanos así como entre los equinos, hay una diferencia sustancial de alteza y de nobleza. Se llama “clase”.

viernes, 24 de septiembre de 2010

¿EL PODER CORROMPE?

Las personas nobles pueden llegar a la cima, pero la acumulación de autoridad parece atrofiar sus estándares éticos.

Por Jonah Lehrer


Cuando Mark Hurd renunció el 6 de agosto a la presidencia de Hewlett-Packard por violación de las normas éticas de la empresa, mucha gente se mostró sorprendida. Después de todo, Hurd parecía un ejecutivo inusualmente eficaz y de moral estricta.
Pero la gente no debería haberse sorprendido. Desde escándalos de prostitución hasta acusaciones de corrupción en los que se ven involucrados ejecutivos y atletas profesionales, parece que los titulares siempre hablan de los traspiés más recientes de alguien en una posición de poder. Y no se trata de simples anécdotas: varias encuestas revelan que la inmensa mayoría de los comportamientos maleducados e inapropiados viene de la gente con más autoridad.
Los psicólogos lo llaman la paradoja del poder. Los mismos rasgos que ayudaron a las personas a acumular control desaparecen una vez suben al poder. En lugar de ser educados, honestos y extrovertidos, se vuelven impulsivos, imprudentes y groseros. En algunos casos, estos nuevos hábitos pueden ayudar a un líder a ser más decisivo y determinado, o a tomar decisiones que serán rentables, independientemente de su popularidad.
Un estudio reciente encontró que los presidentes ejecutivos muy seguros de sí mismos eran más inclinados a perseguir la innovación y a llevar a sus compañías por caminos tecnológicos nuevos. Sin embargo, si estos instintos no se mantienen bajo control, pueden llevar a un descalabro total.

Las buenas noticias


Hace unos años, Dacher Keltner, un psicólogo de la Universidad de California en Berkeley, comenzó a entrevistar a estudiantes de primer año en una residencia estudiantil dentro del campus. Keltner les dio pizza gratis y una encuesta, en la que les pedía que escribieran sus impresiones iniciales de cada estudiante de la residencia. Al final del año escolar, Keltner volvió con el mismo sondeo y más pizza gratis. Según la encuesta, los estudiantes en la parte superior de la jerarquía social —los más "poderosos" y respetados— también eran los más considerados y extrovertidos, con las puntuaciones más altas en las mediciones de simpatía y extroversión. En otras palabras, los tipos más agradables quedaban en los primeros lugares.
Estos resultados no son únicos para los estudiantes de Berkeley. Otros estudios han mostrado resultados similares en las fuerzas armadas, empresas y en la política. "La gente concede autoridad a quienes le caen bien", dice Keltner.
Obviamente, estos estudios científicos contradicen el cliché del poder de que la única forma de ascender a los más alto es teniendo un comportamiento egoísta y moralmente dudoso. En El príncipe, un tratado sobre el arte de la política, el filósofo italiano del siglo XVI Nicolás Maquiavelo indicaba que la compasión se entrometía en el camino al prestigio. Si un líder tiene que elegir entre ser temido o ser amado, Maquiavelo insistía en que debería elegir siempre el temor. El amor está sobrevalorado.
Pero puede que éste no sea el mejor consejo. Otro estudio llevado a cabo por Keltner y Cameron Anderson, un profesor de la Escuela de Negocios Haas, midió las tendencias "maquiavélicas", tales como la disposición a propagar rumores maliciosos, entre miembros de una fraternidad femenina. El resultado fue que las jóvenes maquiavélicas fueron rápidamente identificadas y separadas del grupo. A nadie le caían bien, y como resultado, nunca se hicieron poderosas.
Hay algo profundamente positivo en estos estudios. Es tranquilizante pensar que la mejor manera de acumular poder es haciendo a otros lo que le gustaría que le hicieran a uno.

Las malas noticias

Pero ¿qué ocurre una vez esa gente agradable llega al poder? Si bien un poco de compasión podría ayudarnos a subir la escalera social, una vez arriba acabamos convirtiéndonos en una bestia totalmente diferente.
"Es un efecto increíblemente consistente", dice Keltner. "Cuando se otorga poder a las personas, básicamente empiezan a actuar como idiotas. Coquetean de manera inapropiada, bromean de forma hostil, y se convierten en personas totalmente impulsivas". Keltner compara la sensación de poder con un daño cerebral, indicando que la gente con mucha autoridad tiende a comportarse como los pacientes neurológicos con el lóbulo orbito frontal dañado, un área del cerebro que es crucial para la compasión y la toma de decisiones.
¿Por qué el poder lleva a la gente a coquetear con los practicantes, a solicitar sobornos y a falsificar documentos financieros? Según los psicólogos, uno de los principales problemas con la autoridad es que nos hace menos receptivos a las ineptitudes y emociones de otros. Por ejemplo, varios estudios muestran que la gente en posición de poder suele usar más estereotipos y generalizaciones a la hora de juzgar a otras personas. Además, dedican menos tiempo a mantener contacto visual, al menos cuando una persona con menos poder está hablando.
Veamos un reciente estudio dirigido por Adam Galinsky, psicólogo de la Universidad Northwestern. Galinsky y varios colegas comenzaron preguntando a los participantes que describieran una experiencia en la que tuvieron mucho poder o una ocasión en la que se sintieron totalmente indefensos. Posteriormente, los psicólogos les pidieron que dibujaran la letra E en sus frentes. Aquellos con sentimientos de poder fueron mucho más propensos a escribir la letra al revés, al menos cuando la veía otra persona. Galinksy afirma que este efecto lo causa la miopía del poder, que hace más difícil imaginar un mundo desde la perspectiva de otra persona. A quienes dibujan la letra al revés no les preocupa el punto de vista de otros.
Cabe aclarar que el poder no convierte a todo el mundo en tiranos despiadados e inmorales. Algunos líderes simplemente terminan aplicando la mano dura, lo que no siempre es algo negativo. La clave es mantener dichas cualidades equilibradas.
En el peor de los casos, el poder nos puede convertir en unos hipócritas. En un estudio de 2009, Galinsky le pidió a un grupo de estudiantes que pensaran en una experiencia donde tuvieron poder o una donde no tuvieron poder alguno. Los participantes fueron luego divididos en dos. Al primer grupo se le pidió que calificara en una escala de nueve puntos la seriedad moral de reportar engañosamente gastos de viaje en el trabajo. Al segundo grupo se le pidió que participara en un juego con dados, en el que el resultado de los dados determinaba el número de billetes de lotería que cada estudiante recibiría. Un número más alto significaba más billetes de lotería.
Los participantes en el grupo que describieron experiencias de poder consideraron que el reporte engañoso de gastos de viaje era una ofensa significativamente peor. Sin embargo, el juego de los dados produjo un resultado completamente contradictorio. En este grupo, las personas con alto poder reportaron, en promedio, un resultado improbable desde el punto de vista estadístico (el grupo sin poder alguno, en contraste, reportó resultados apenas ligeramente elevados). Esto sugiere que estaban mintiendo sobre los resultados reales, maquillando los números para obtener billetes de lotería adicionales.
Aunque la gente casi siempre sabe diferenciar entre lo que es correcto y lo que no, su posición de poder le facilita eludir la racionalización de los lapsos éticos.
Los mismos procesos de pensamiento defectuoso activados por la autoridad también distorsionan nuestra habilidad para evaluar información y tomar decisiones complejas.
No existe un antídoto claro para combatir la paradoja del poder. Keltner argumenta que el mejor tratamiento es la transparencia y que los peores abusos de poder pueden ser prevenidos cuando la gente sabe que está siendo monitoreada. Esto sugiere que la sola existencia de una agencia de vigilancia o una junta directiva activa puede disuadir a ejecutivos de hacer cosas malas.
Sin embargo, las personas en posición de poder suelen sobreestimar sus virtudes morales, lo que los lleva a reprimir a quienes los vigilan. Hacen lobby ante las autoridades o cuerpos legislativos o llenan las juntas directivas con sus amigos. El resultado final es la forma más peligrosa de poder.

—Jonah Lehrer es autor de 'Proust y la neurociencia'.