BLOG DE ANÁLISIS Y PERIODISMO PROPOSITIVO

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jueves, 6 de enero de 2011

PROYECTO NONAMEX: ACABARÁ CON EL NARCO

Circula una propuesta en internet para resolver el problema del narcotráfico y construir una nueva plataforma de desarrollo. Algunos quizá la tilden de inviable, y ciertamente no es más que una expresión de profunda frustración, pero un agudo y experimentado observador de nuestra idiosincrasia político-gubernamental afirma que "es el programa más serio y mejor conceptualizado que he visto. Sobre todo porque es perfectamente realizable por nuestra excelente clase política". El asunto merece una seria consideración.

La propuesta es elegante por su sencillez: propone acabar con el narcotráfico en tres años por medio de una “metodología infalible”, el proyecto Nonamex.
El proyecto contiene cinco pasos:
I.- Legalizar el comercio de drogas.
Es la impunidad y los privilegios lo que hace posible al narcotráfico e impide el desarrollo del país. Sólo cuando éstos se terminen será posible lidiar con el narcotráfico y, con suerte, salvar a los pingüinos…
II.- Declararlo área estratégica para el desarrollo nacional.
III.- Nacionalizar la industria productora de estupefacientes.
IV.- Crear un organismo desconcentrado en el que resida el monopolio del Estado para la producción y comercialización de las drogas: Nacional Operadora de Mota y Alcaloides Mexicanos (Nonamex).
V.- En asamblea nacional encabezada por diputados y senadores, Carlos Romero Deshamps, Napoleón Gómez Urrutia, Joaquín Hernández Galicia, Elba Esther Gordillo y Martín Esparza Flores, entre otros, constituir el Sindicato Mexicano de Trabajadores de la Industria de los Narcóticos.
VI.- Esperar un par de años.
VII.- Crear una comisión legislativa encargada de auditar a Nonamex.
VIII. Problema resuelto, en el tercer año podremos observar, entre los narcomerciantes nacionales, huelgas, luchas de poder internas y ausentismo. La industria del narcótico se encontrará colapsada y requerirá de una reforma jurídica de fondo. Con toda seguridad los productos escasearán y costarán 40 ó 50 veces lo que deberían, inhibiendo por completo la demanda y acarreando hacía la pobreza con todos los miembros de la floreciente industria.
El autor, presumiblemente una persona llamada Francisco Vidal Bolado, agrega un corolario aclaratorio:“esta metodología ha demostrado experimentalmente sus resultado, destacando entre sus logros la industria petrolera; la industria azucarera; el agro; la industria eléctrica y la industria minera; la industria pesquera, entre muchas otras”.
Uno puede reírse o llorar al leer esta propuesta, pero no puede dejar de reconocer el ánimo que la produce.Nuestros políticos creen que nadie se da cuenta de lo que pasa en nuestro entorno. Las leyes que se aprueban no están pensadas para ciudadanos normales, esos que quieren vivir y aprovechar las oportunidades que genera la vida, sino que son proyectos diseñados por y para burócratas que no hacen otra cosa sino depredar. El texto también revela un profundo resentimiento hacia nuestros gobernantes no sólo por el hecho de desperdiciar los recursos nacionales, sino por la ausencia de soluciones prácticas y funcionales.
La propuesta me recordó otro proyecto de similar profundidad y desilusión. Hace unos 15 o 18 años Josué Sáenz, quien se presentó como un “ex alto funcionario de la baja burocracia”, planteaba la urgencia de crear un “fideicomiso para la protección del pingüino”. Por su geografía, decía Sáenz, México podía reclamar ser parte del Tratado de la Antártida y, como tal, crear un marco legal destinado a proteger a los pingüinos. Para administrar el fideicomiso proponía enviar a nuestra clase dirigente a encargarse del asunto. El Fidepin, decía Josué, emplearía a nuestros políticos pero, concluía, “seguramente acabarán con el pingüino”.
El tema cambia pero el tenor es similar. Los mexicanos no requieren otra cosa que un ambiente de certidumbre dentro del cual poder funcionar. Las eras de oro del crecimiento económico tuvieron lugar precisamente cuando se logró esa certidumbre. En los 50 y 60, al igual que por un breve periodo en los 90, la población gozó de un marco legal que era creíble, la gente tenía confianza en la palabra de las autoridades y la economía funcionaba: se ahorraba y se invertía.
Al gobierno emanado de la Revolución le tomó décadas ganarse la confianza de la población y poco a poco cimentó el desarrollo de un incipiente sector empresarial. Años de construcción se vinieron abajo cuando, al inicio de los 70, el gobierno modificó las reglas del juego e incorporó toda clase de regulaciones y restricciones que no hicieron sino hinchar la burocracia y coartar el crecimiento de la economía.
En los 80 se intentó restaurar el entorno de certidumbre, pero el único mecanismo susceptible de generar confianza resultó ser un acuerdo bilateral con Estados Unidos, el TLC. Este instrumento eliminó la discrecionalidad burocrática en diversos sectores de la economía, lo que favoreció el crecimiento de la inversión y, por un breve periodo, tasas relativamente altas de crecimiento del producto. Lamentablemente, la guerra política que se inició con el Fobaproa, la inconclusa transición política y la falta de rumbo e instituciones con que nació la era democrática, acabaron por minar la confianza. No es casualidad que la única parte de la economía que funciona de manera casi automática es la que se encuentra normada (y, por tanto protegida) por el TLC. Todo el resto se rezagó en la historia o vive acosado por regulaciones y burocratismos que le impiden al país florecer.
Las propuestas de acabar con el narcotráfico o salvar al pingüino no son más que elucubraciones mentales de mexicanos desesperados que conocen la forma de funcionar de nuestro país a la perfección. Su propuesta no es más que una sátira de la vida cotidiana, esa que es obvia para todos excepto para quienes tienen en sus manos la posibilidad de cambiar la realidad. Peor, la experiencia muestra que los obstáculos a cualquier cambio son tan formidables -los intereses tan intrincados- que incluso cuando llega al gobierno un presidente empresario o cuando funcionarios probos que comprenden bien la problemática son nombrados responsables, acaban atrincherados, imposibilitados de llevar a cabo un cambio y explicando por qué no se puede. Con frecuencia, los liderazgos de las cámaras no hacen sino solapar al sistema para preservar sus propios privilegios.
El cambio político que se dio en 2000 no transformó las estructuras de poder en el país: modificó los flujos del poder y los pesos relativos entre quienes lo detentan, pero no alteró el hecho del control político, burocrático, sindical y empresarial. Es la impunidad y los privilegios lo que hace posible al narcotráfico e impide el desarrollo del país. Sólo cuando éstos se terminen será posible lidiar con el narcotráfico y, con suerte, salvar a los pingüinos…

martes, 2 de noviembre de 2010

Tras el voto latino en California para la legalización de la marihuana

Marcia Facundo / BBC Mundo, Los Ángeles

Grupos hispanos de California están instando a los electores latinos a votar este martes a favor de la Proposición 19 que busca legalizar el consumo y la venta de la marihuana.

Para lograr el voto, líderes de organizaciones que defienden los derechos de los inmigrantes latinoamericanos aseguran que la legalización del cannabis será beneficiosa para la comunidad hispana.

El argumento descansa principalmente en los resultados de un estudio que revela que en California de cada tres personas que son detenidas por posesión de la droga, dos son de origen hispano.

Al igual que ocurre con el resto del proceso electoral, el voto latino podría jugar un papel clave en la aprobación o en el rechazo de la Proposición 19 ya que los hispanos constituyen más de una sexta parte del electorado de California.

No obstante, según el Instituto de Políticas Públicas de California el apoyo hispano a la legalización de la marihuana ha perdido fuerza en las últimas semanas. Las encuestas más recientes afirman que 51% de los latinos californianos se oponen a la propuesta.

Grandes disparidades

La investigación resalta las grandes disparidades que existen en California en la aplicación de las leyes de posesión de poca cantidad de marihuana según los orígenes étnicos de las personas.

El estudio es patrocinado por el Instituto William C. Velásquez que se dedica al estudio de políticas que afectan a los latinos en conjunción con la Alianza de Política de Drogas, grupo de defensa de derechos civiles que apoya la Proposición 19.

Según el reporte, las tasas de latinos arrestados son más altas, a pesar de que encuestas federales afirman que los hispanos consumen menos cannabis que los blancos.

Aunque los principales grupos latinos de California rechazaron apoyar públicamente la controversial medida, muchos de sus dirigentes la favorecen.

"Como individuo, yo abogo por la justicia y que las minorías no sean encarceladas por el delito de tener una pequeña cantidad de marihuana para uso personal", declaró a BBC Mundo Tomás González, presidente del consejo de la ciudad de Long Beach de la Liga de Ciudadanos Latinoamericanos (LULAC por sus siglas en inglés).

González calificó de "desafortunado" que una gran cantidad de jóvenes hispanos se estén "desperdiciando en las cárceles por consumir marihuana".

Reportes de prensa aseguran que LULAC se ha integrado a una coalición de organizaciones latinas que respaldan la Proposición 19.

Horacio Arroyo, coordinador de ciudadanía cívica de la Coalición Pro Derechos Humanos del Inmigrante en Los Ángeles (CHIRLA por sus siglas en inglés) destacó que aunque la organización mantiene una posición neutral frente a la medida, personalmente apoya la legalización de la marihuana.

"Por un lado los latinos se pueden beneficiar porque muchos de los arrestos de hispanos ocurren por un delito menor como la posesión de marihuana", indicó el activista a BBC Mundo.

Arroyo añadió que esos arrestos pueden convertirse en una situación muy grave para un latino "especialmente si es un indocumentado que le puede llevar hasta la deportación".

jueves, 21 de octubre de 2010

¿MARIHUANA PARA TODOS EN CALIFORNIA?

Liliet Heredero
BBC-Mundo

Hay quienes creen que en Los Ángeles, Estados Unidos, hay más dispensarios de marihuana que cafeterías Starbucks. Sin embargo, fumar marihuana en el país es ilegal. El 2 de noviembre esa realidad podría cambiar.

California será el primer estado en votar por legalizar el uso y cultivo de la marihuana para fines personales y recreativos.

Desde 1996 su uso médico es legal en California, a lo que se han sumado otros 13 estados, donde se reconocen, por ley, las propiedades curativas del cannabis.

Sin embargo, bajo las leyes antinarcóticos, alrededor de 1,7 millones de personas fueron arrestadas en todo el país durante 2008 por cargos relacionados con las drogas, según el Buró de Estadísticas Judiciales. Más del 50% de los arrestos fueron por posesión de marihuana.

Aun así, la marihuana es la tercera droga recreativa más popular después del alcohol y el tabaco, según datos de la Organización Nacional para la Reforma de las Leyes de la Marihuana.

La "Iniciativa para regular, controlar y gravar el cannabis" en California, conocida como Proposición 19, lidera el camino para establecer en EE.UU. lo que algunos consideran sería una "política racional y responsable sobre el consumo de drogas".

Quienes se oponen, como el director de la Estrategia Nacional para el control de las drogas, Gil Kerlikowske, insisten en que "la legalización solo aumentaría su accesibilidad, y ayudaría a promover su uso y su aceptación."

Y aunque existen algunos estudios sobre el impacto de la descriminalización de la marihuana como en Holanda, nadie tiene la última palabra.

¿Asunto de masividad?

Para Allen Pierre, director de la Organización Nacional para la Reforma de las Leyes de la Marihuana (NORML, por sus siglas en inglés) "es una cuestión de libertades civiles. Soy del criterio de que en una sociedad democrática debemos tener la opción de escoger si usamos cannabis responsablemente en nuestros hogares".

En conversación con BBC Mundo, el directivo de este grupo de presión para la descriminalización de la marihuana reconoció que "su prohibición, que ha durado ya 74 años en Estados Unidos, es un fracaso total".

"Se puede comprar marihuana casi en cualquier lugar del país, a cualquier hora del día, a pesar de todos los problemas que eso implica por la prohibición impuesta por el gobierno federal".

Pierre se refiere a que en los estados donde el uso terapéutico de la marihuana está permitido, conseguir una "recomendación" de salud para su consumo no es algo difícil. El cannabis se vende de una manera permisiva, "casi legal".

De hecho, hay páginas web que por US$200 ofrecen el permiso médico, cualquiera que sea la dolencia del paciente.

Con esta licencia se puede, dependiendo de cada estado, desde plantar cannabis en el jardín hasta adquirir los cigarrillos en una máquina dispensadora de marihuana.

Incluso la ciudad de Oakland, en California, aprobó un plan que permitirá el cultivo, procesamiento y comercialización de la hierba a escala industrial para uso médico.

Según el directivo de NORML, "las consecuencias de la criminalización de la marihuana han sido enormes: miles de estudiantes han perdido sus préstamos bancarios para entrar a la universidad por portar marihuana, padres se han quedado sin la custodia de sus hijos, trabajadores han perdido sus casas o su libertad".

Precisamente esta accesibilidad y masividad que aparentemente tiene la marihuana es lo que preocupa a Sue Rusche, presidenta de la asociación Familias en acción, que desde la década del 70 advierte sobre los peligros de la liberación de las drogas.

"Si California legaliza la marihuana, la situación que hoy existe se empeorará. La droga será más accesible en dispensarios o hasta en supermercados y máquinas dispensadoras".



California, si se aprueba el referendo…

Sue Rusche le dijo a BBC Mundo que el hecho de que EE.UU. no sea una sociedad libre de drogas, no significa que se deba abrir la puerta a una más.

"Cada año mueren en este país 450.000 personas a causa del consumo de cigarros, 80.000 por abuso del alcohol y la misma cantidad por intoxicación con fármacos".

"Un reciente informe de la organización Rand estimó que de aprobarse la Ley (de legalización del cannabis) en noviembre, se duplicará el número de consumidores en California, y a mí me preocupa el impacto en los niños", explica Rusche.

Allen Pierre, quien apoya la legalización, coincide con este punto de vista.

"En el momento en que se legalice la droga, las cifras de consumidores van a subir como el Monte Everest, esto es una realidad, sobre todo porque las cifras actuales son poco fidedignas.

Pero tras un período de dos a seis años de legalización, se va a alcanzar una meseta".

Para predecir esto Pierre se basa en la estrategia educativa y de salud aplicada en EE.UU. desde 1965, que logró reducir a la mitad el consumo de cigarros.

"La cantidad de fumadores de marihuana puede disminuir considerablemente si la ciencia y los servicios médicos cumplen su función de educar, de manera creíble, sobre las consecuencias de su abuso. Pero esto solo ocurrirá si la marihuana está legalmente controlada".

sábado, 16 de octubre de 2010

LA CONTRAPARTE: ¡NO A LA LEGALIZACIÓN DE LAS DROGAS!

Juan Antonio Alonso / The Americano

I.
Los apologistas de la legalización de las drogas ignoran, o por lo menos lo reducen todo a una simple secuencia mecanicista de la realidad argumentando sobre bases económicas y legales, amén de un utopismo de la libertad, que más bien deviene en todo caso en libertinaje infantil.

Olvidan el riesgo que para, no sólo la salud implica, sino para la sociedad conlleva. Y no me refiero a colectivismos ni pretendo decir a nadie lo que debe o no consumir, como no asumo que el Estado interfiera en lo que comemos. Pero el tema de las drogas no es equiparable pues el efecto que éstas producen sobre nuestra psique es tal, por ser un alterador de la consciencia, que se contagia como un mal por toda la sociedad. El uso de sustancias dopantes en el deporte por ejemplo, no me parece más censurable que el que la ética deportiva impone (aunque el deporte profesional es de todo menos saludable por el uso intensivo de sustancias así como de la extenuación física). Pero los alteradores de consciencia sí me parecen condenables del todo.

Cualquiera que crea que por tomar drogas es más libre, es un iluso. La pérdida de voluntad que se produce no sólo inmediatamente sino secuencialmente en el tiempo hacen que dejemos de adoptar la “decisión” como fenómeno que se da antes de iniciar un acto. La adicción intrínseca que generan las drogas fuertes por tanto, nubla o anula por completo nuestra capacidad no sólo mental sino de elección posterior, haciéndonos esclavos de las sustancias. Se me dirá que la libertad implica eso, pero más allá de teorizaciones ajenas al mundo real, la verdad es que no he visto a nadie que actúe libremente cuando toma drogas. Algo tan destructivo no puede formar parte del acervo de la libertad.

Nos quejamos constantemente de la idiotez de las masas, de su escasa capacidad frente a la farsa de la ideología colectivista y políticamente correcta, pero a su vez proponen los libertarios la despenalización como un triunfo en la consecución de la libertad.

Cualquiera puede ver cómo un sábado los jóvenes, y los no tanto, escapan de la lógica y el raciocinio, y se entregan a la brutalidad más baja sin ser conscientes de sus actos. Si precisamente la libertad acarrea la asunción de las consecuencias, la droga altera por completo la ecuación. De hecho en los códigos penales el atenuante por el uso de sustancias alivia la pena al considerar este factor. Creo que además de ser esto un error, pues da pie a numerosas farsas, el que toma una droga debe o debería saber que su conducta se verá alterada y que puede realizar cosas que de otra forma no llevaría a cabo o por lo menos no en una escala tan alta.

Otra de las consecuencias son las muertes que se producen en carretera, que si ya son una catástrofe por culpa del alcohol, ni imaginar lo que serían con sustancias aún más nocivas y distorsionadoras de la realidad. Los libertarios llaman a esto crímenes sin víctima, pero el grado de tentativa de homicidio por temeridad o imprudencia no es algo desdeñable.

Con todo, los peores efectos de la legalización se producen en el ámbito de la familia. El núcleo central de la sociedad, y su institución más fuerte, aseguradora y que da sentido a la existencia del hombre en la sociedad por constituir el entorno más confiado de la existencia humana. El grado de desestructuración y desintegración que conllevaría una medida así sería nocivamente mayor. Los efectos de ello los vemos a diario y degenera en exclusión social y marginalidad. Cualquiera puede observar, si está libre de los clichés progresistas, que las drogas y especialmente el alcohol (uso el ejemplo de droga legal que distorsiona la voluntad) son la causa, en un porcentaje amplio, de los indigentes que pululan como almas en pena por nuestras ciudades, carentes del resorte familiar. Y aunque el restante porcentaje puede atribuirse a las enfermedades mentales, congénitas o adquiridas, la interrelación entre drogas-desvinculación familiar-marginalidad es tan estrecha que es difícil saber cuál es la causa de cada una de ellas convirtiéndose en un peligroso y letal círculo.

La exclusión que las drogas los encalla, los incapacita para desempeñar cualquier trabajo o relación laboral, además de convertirlos en seres que se refugian en su soledad aun cuando se les da cobijo y medios. E incluso cuando la pobreza más indigente encuentre su causa en la situación económica no son pocos los que abrazan el camino de la evasión, lo cual los incapacita para una posterior reinserción. El grado de enfermedad que los postra sin alternativa genera estas bolsas de marginalidad que son un verdadero problema de difícil solución y al que agravaría a medio y largo plazo la legalización.

Y es que si los libertarios quieren más libertad, tendrán que asumir cómo se puede hacer frente a este problema, que traería consigo además (eso del consumo moderado y consciente no es creíble, pues lo que distingue la droga es el elemento adictivo que posee) el crecimiento aún mayor del Estado que se hiciera cargo de una sociedad zombie, hipnotizada y carente de voluntad.

Sé que puedo estar cayendo en el catastrofismo más exagerado pero no veo de qué otra forma puede influir en la sociedad si se legalizaran la cocaína, la heroína, las anfetaminas, el cannabis y otras muchas. Y sé que hay alternativas como la beneficencia social privada, pero es evidente que a más drogas, más marginalidad.

Se me podrá objetar que aparte de acabar con las mafias, las drogas estarían menos adulteradas y que no necesariamente crecería el número de adictos. No lo creo. Por el simple motivo que se estaría transmitiendo el mensaje implícito de que al ser legal no sería tan nocivo, por mucho que nos lo advirtiera el Estado, los médicos, o quien sea. Además, a un nivel de mayor accesibilidad al consumidor sin caer en la incursión de un delito, el consumo crecería considerablemente.

Es difícil ver o creer en una persona que se toma su droga, la disfruta, y al día siguiente se levanta a trabajar como si nada. Los efectos a añadir, por tanto, también en este ámbito se harían notar. Nadie creería que la capacidad productiva fuese, no mayor como cabe esperar con la evolución de los tiempos, sino igual a la actual. Ello redundaría en una sociedad más pobre, que debería sin embargo asumir un coste mayor para cuidad su salud. Y eso suponiendo que tuviéramos la libertad en el tema de la sanidad, que si fuera el Estado el que tuviera que asumir su coste el panorama sería el de una eutanasia pasiva social y colectiva, de constante y adormilada acción. Esos son sus costes derivados.

En vez de vivir en mundos psicodélicos, deberíamos buscar una sociedad más viva, despierta, sin merma de sus facultades, y que tenga la excelencia por meta. No es caer en utopismos, sino simplemente no entorpecer más la vida con acciones nocivas como sería la despenalización. Y menos aún busco un dirigismo que nos haga perfectos; eso sería totalitario. Se trata de que cada uno desde la individualidad y a través de esa gran red que es la familia, busque la mejora como persona en su ámbito moral y social. La forma de interactuar con los demás sirviéndoles, como hacemos al interactuar ahora. La autosuficiencia y la adultez es incompatible con la despenalización de esas sustancias que a pesar de que estén en la naturaleza, debe hacerse un buen uso de ellas. La naturaleza nos da las herramientas y nosotros con la libertad (esta sí) decidimos si lo queremos emplear en el bien como la cura de enfermedades, o el mal, la degradación de nuestra moral y espíritu. La enajenación tanto mental como social es otro obstáculo en la madurez del ser humano.

La evasión de los problemas y de la realidad para buscar consuelo en lo artificial, mermará nuestra riqueza humana además de generar podredumbre en las relaciones sociales.

En consecuencia niego que seamos con las drogas, o con la “capacidad” de elegir, más libres.

II.
Tras el primer artículo sobre este asunto, vale la pena añadir algunas ideas más. La lista de argumentos que esgrimen los defensores de la legalización, continúa la senda mecanicista, de supuestas causas-efectos como una función matemática, que además resultan ser falsas. Y se obvian los elementos humanos de semejante suicidio colectivo.

Uno de los argumentos más empleados es el que atañe al coste de la lucha contra las drogas y los grandes recursos destinados a ello. Dejando de lado citar cifras pues son fácilmente falseables y tendenciosas por uno u otro bando, es indudable que los costes mayores del Estado del Bienestar son los relativos al coste de la sanidad y la seguridad social (ámbitos laborales y de “protección social”), por tanto no compensaría por la reducción del combate que las fuerzas del Estado desempeñan.

Los apologistas claman contra el Plan Colombia y la Iniciativa Mérida en lenguaje similar a la izquierda en términos de expansión del imperialismo, confundiendo, intencionadamente o no, sus fines y objetivos.

Olvidan que porque la lucha contra una actividad criminal no dé los frutos deseados, ésta no debe cambiar de naturaleza para acabar con el problema. La lucha contra las drogas en el ámbito legal, policíaco, y militar, es un frente abierto contra la criminalidad que nunca se acabará. Siempre habrá gente que trafique con una u otra cosa, del mismo modo que siempre habrá asesinos y ladrones, y no por eso para acabar con el problema decidimos legalizar esas acciones. Y nunca las políticas laxas contra el crimen han resuelto sino que han reforzado a la criminalidad.

Es obvio que si cambiamos el estatus legal, la lucha en este campo cambiará al ser algo aceptable y tolerado social y legalmente, pero esto no es argumento plausible debido a su tautología. Se me objetará que no hay crimen porque la legalización supone una mayor cuota de libertad, pero es indudable, aludiendo a la concepción humana, que aquello que destroce nuestros cuerpos, mentes y relaciones sociales y en definitiva a la persona, no puede entrañar libertad.

La diferencia en la intencionalidad y la voluntariedad queda anulada por el efecto alterador de las drogas, y la línea entre obligar e inducir con un arma tan poderosa como la que procura la acción narcótica es débil, quedando a merced de la voluntariedad del Estado más que del individuo; un Estado que se ampararía en las supuestas virtudes positivistas y aparentemente verídicas cualidades de la causística mecánica: olvidar el componente humano es el primer paso al totalitarismo al desdeñar la dimensión del hombre, su familia y su entorno.

Este debate queda indudablemente ligado al del suicidio, y es que si efectivamente matar a una persona es un crimen, matarse uno mismo refleja el mismo comportamiento aniquilatorio aunque los libertarios exclamen que la diferencia fundamental es la intromisión en lo ajeno, lo cual refleja un individualismo atroz y que todo lo relativiza y lo cede al arbitrio de una capacidad mermada que no encuentra resortes morales cimentados, sino que hace de cada existencia un reseteado que no ofrece continuidad social.

Al margen de todo ello y volviendo al ámbito que más gusta a sus defensores, pocos se pondrán de acuerdo en los límites a establecer; algunos hablan de limitar el consumo de una determinada sustancia, o de regular ciertos establecimientos, así como edades, pero ¿siguiendo su traza argumental, ¿Por qué no una libertad de consumo total? ¿O sería una nueva tarea a añadir a las competencia legislativas de nuestros representantes?, ¿Dejaríamos esta esfera tan vital, en sus manos? ¿No crecería más el Estado?, ¿Qué impuestos se habrían de establecer para sufragar la sanidad? ¿O tampoco querríamos impuestos para sufragar el mayor coste sanitario? ¿Sería el todopoderoso Estado competidor de los cárteles ahora legales hasta que con su fuerza los aplastara para ocupar a renglón seguido sus funciones y actuación monopolística? ¿O creemos que la iniciativa privada de todo el proceso actuaría libremente sin injerencias estatales como en apariencia lo hace con el tabaco? ¿Dejaría de existir el mercado negro?…

Demasiados interrogantes de difícil solución cuando jugamos con algo que se nos puede escapara de las manos, y sobre todo irreversible, pues quitar al pueblo su opio sería imposible. Y es que no todo es “probémoslo, y si no funciona volvemos al estatus anterior”, pues algo que se emprende de ese calibre difícil tiene dar la vuelta.

Otros sólo quieren despenalizar el uso de cannabis para tratamiento médico mezclando en el debate el ámbito curativo, algo que ofrece una mayor solución: no estoy en contra del uso terapéutico siempre que esté llevado a cabo por médicos, pero entiendo la fácil deriva del uso lícito al ilícito y por tanto las precauciones a tomar deben ser emprendidas con rigor. Y de sobra queda refutado por el sentido común, la afirmación de la inocuidad del cannabis en contraposición al tabaco, pues el efecto multiplicador que se da, además de la nocividad intrínseca es algo demostrado excepto a los ojos de los que no quieren ver y que viven en la nube y la estela del movimiento hippie.

Y hablando de drogas legales, quizá no quedó del todo claro en el anterior artículo mi postura con respecto al tema del alcohol. No abogo por su ilegalización porque el alcohol puede consumirse a pequeñas y saludables dosis, además de formar parte del acervo cultural del hombre. La Ley Seca debe quedar como un experimento que no funcionó y que se hizo de buena intención. Y aunque es difícil imaginar hoy día a gente con escondidos alambiques, la producción del alcohol es tan natural que carece de sentido su prohibición aun cuando su resultado fuera quizá positivo en términos de salud pública. Pero así como condenamos el mecanicismo de los argumentos legalizantes también lo es la búsqueda de la salubridad social dejando de lado lo cotidiano y lo cercano en aras de un bien mayor sin importar las decisiones más básicas de la sociedad.

Por último, hay que recordar el nulo efecto disuasorio de las leyes para establecer el orden social cuando se combina con estupefacientes, y por tanto el amplio camino despejado a la vulnerabilidad de terceros, algo que desde luego nadie tolera.

Juan Antonio Alonso es analista político.

martes, 12 de octubre de 2010

ESPECIAL: MARIHUANA, EL NUEVO SUEÑO AMERICANO

Mark Binelli

Una revolución verde atraviesa los Estados Unidos. ¿Puede el negocio de la marihuana ayudar a revertir la crisis del país más poderoso del mundo?

Si uno pasa tiempo suficiente en el Triángulo Esmeralda –una zona del norte de California que comprende los vecinos condados de Mendocino, Humboldt y Trinity–, probablemente note algunas cosas. Hay un pescador que vende cangrejos frescos directamente de su barco, con un porrito encendido que le cuelga de la boca. Hay un jingle de la radio local cuyo estribillo dice: "¡Caer preso es una mierda!" (es el aviso de un estudio jurídico que se especializa en sacar gente de la cárcel y lo pasan justo después del de un negocio que vende artículos para hacer cultivos hidropónicos). Si uno está en el Triángulo en octubre, cuando empieza la temporada de cosecha en el hemisferio norte, quizá vea gente al lado de la banquina con letreros pintados en cartón que dicen busco trabajo, o con apenas un dibujo hecho a mano de unas tijeras. Uno quizás escuche que la gente de la zona les dice a los billetes de cien "veinte Humboldts" y que se queja de lo caro que está todo, o que usan el verbo "volar" para indicar que un helicóptero de la DEA sobrevoló su propiedad ("nos volaron varias veces este verano, así que sabíamos que se nos venía una redada"). En algún momento tal vez el celular deje de funcionar, y uno verá cómo la ruta de dos carriles se cubre de oscuridad al ingresar en un bosque de secuoyas, y cómo el auto pareciera hacerse más pequeño al pasar junto a los enormes árboles de ese bosque antiquísimo, y cómo ese negocio que vende souvenirs del Abominable Hombre de las Nieves empieza a parecer el último bastión de la civilización. Si uno sigue avanzando, internándose en el corazón de las montañas, en algún momento llegará a la casa de Vic Tobias.

Tobias se dedica al cultivo de marihuana, y hoy está teniendo un día muy difícil. No sabe a ciencia cierta si el agua se le congeló en las cañerías o si éstas se rompieron, pero la cosa es que hace un par de días que no tiene agua en la casa. La suerte quiso que esto coincidiera con la presencia de visitantes, compradores de otra parte que querían conocer a productores locales que estuvieran buscando vender parte de su producción. Tobias se ha estado esforzando mucho para concretar las reuniones, un proceso muy delicado en una parte del país donde las caras nuevas no suelen ser recibidas con la proverbial hospitalidad pueblerina, y donde se considera una torpeza (como me dijo uno de los productores) darle tu verdadero nombre al repartidor de pizza. Sin embargo, lo que es más urgente, Tobias tiene 45 plantas de marihuana florecidas que debe cosechar antes de mañana a la mañana, si es que quiere cumplir con los pedidos que le hicieron. Son casi las doce de la noche, y está levantado desde el amanecer.

Hace unos años, trabajar en esta parte del país significaba dedicarse a la actividad forestal o a la pesca, aunque con el agotamiento de los recursos naturales, ninguna de esas dos industrias ha tenido últimamente un gran impacto en la vida de la zona. Gente con aspiraciones contraculturales empezó a llegar desde el Area de la Bahía a fines de los años 60, atraída no sólo por el espectacular paisaje, sino también por su lejanía. Dicho desplazamiento, como era de esperarse, se prestó a la creación de una nueva fuente de trabajo: la producción de marihuana. En el breve pero preciso relato histórico que hace Tobias, "los hippies se fueron a la India, trajeron semillas de contrabando metidas en el culo y vinieron para acá". En realidad, por lo general, las traían de Afganistán, pero la idea es la misma. Con un origen tan humilde como el de Hollywood (Cecil B. DeMille filmó su primera película en una caballeriza) o el de Silicon Valley (Steve Jobs inventó la computadora personal en su garaje), nació una industria enorme y típicamente californiana.

Gracias a la ambigua redacción de la Propuesta 215, el plebiscito de 1996 que permitió la posesión y el cultivo (pero no la distribución ni la venta) de marihuana con fines médicos en California, el negocio de la marihuana ha crecido exponencialmente a lo largo de la última década. La mayor parte de la marihuana con fines médicos de California se vende a través de dispensarios: algunos, en ciudades como Oakland, son lugares enormes que reciben a cientos e incluso miles de pacientes por día, mientras que en Los Angeles los negocios dedicados a la venta de productos asociados a la marihuana –hay más de mil, según estimaciones– se han colado en pequeños shopping centers y en las áreas comerciales de toda la ciudad. Esto ha avergonzado tanto a la municipalidad de Los Angeles que, en enero, aprobó una ordenanza que podría reducir el número de estos establecimientos a 70.

Dicho esto, según algunos cálculos, el cultivo anual de marihuana en todo el estado produce beneficios por aproximadamente 14.000 millones de dólares, "dejando chiquito", según una nota que sacó hace poco la Associated Press, "a cualquier otro sector agrícola del país".

En su momento, el hecho de que el electorado de California aprobara la Propuesta 215 pareció algo coherente, sobre todo viniendo de la misma gente que había creado la Cientología. Pero ahora que la economía se encuentra inmersa en una grave crisis, y que millones de estadounidenses se han visto forzados a repensar su forma de vida, está cobrando cada vez más fuerza la idea de que el país ya no puede permitirse sostener la prohibición de larga data que pesa sobre la marihuana, la idea –por primera vez desde los años 70– de que la marihuana podría despenalizarse en varios estados, e incluso legalizarse por completo. Catorce estados ya han aprobado la marihuana con fines médicos y otros catorce tienen alguna ley relativa a la marihuana esperando ser aprobada. Y eso no incluye a Massachusetts, que el año pasado despenalizó efectivamente el consumo de marihuana con fines recreativos, penando la tenencia de hasta 30 gramos con una multa de 100 dólares. En el ámbito nacional, un economista de Harvard calculó que legalizar la marihuana le ahorraría al gobierno 13.000 millones de dólares anuales en gastos derivados de la prohibición (incluyendo salarios policiales y cárceles), y podría generar 7.000 millones anuales si se la gravara, un argumento de peso en un momento en que las municipalidades se están viendo obligadas a recortar gastos y puestos de trabajo. "En los últimos años, la gente había interpretado la legalización de la marihuana como una forma de libertinaje: para ellos, significaba darle un espaldarazo, y permitir que se saliera de control", señala Ethan Nadelmann, el fundador de la Drug Policy Alliance Network, un grupo sin fines de lucro dedicado a terminar con la "guerra contra las drogas". "Ahora, cada vez más gente la interpreta en términos de impuestos y regulaciones."

A esto vine al Triángulo Esmeralda: a vivir, de primera mano, este momento único y transformador en la historia de lo que ha sido hasta ahora una cultura subterránea, refugio y a la vez lugar de pertenencia para una extraña mezcla de delincuentes principistas y dealers de los de siempre, marginales voluntarios y tipos muy pesados que andan de caño, cada uno de los cuales está teniendo que adaptar sus propias habilidades a un panorama jurídico y económico cambiante. El grueso del cultivo de marihuana en California lo realizan productores como Vic Tobias y sus vecinos; un estudio reciente, encargado por el condado de Mendocino, afirma que el porro equivale a dos tercios de la economía local. De hecho, el año pasado, la llamada "fiebre verde" dio lugar a tal incremento del número de productores en California que hubo consecuencias negativas: una sobreabundancia del producto. Un artículo aparecido recientemente en el Anderson Valley Advertiser, un diario de la zona, señala: "La oferta creció enormemente, los precios –en el caso de que uno sea capaz de conseguir un comprador– bajaron muchísimo, y una suerte de desesperación está asolando las colinas del norte del condado de Mendocino a medida que los dueños de la tierra y los productores se vuelven los unos contra los otros, mientras bandas despiadadas de usurpadores atraviesan las lodosas rutas de ripio, de Branscomb a Spy Rock, y de allí a Alderpoint, pasando por todos los lugares intermedios".

Me encuentro con Tobias en el pueblo más cercano al lugar donde vive –que, sin embargo, queda a 45 minutos de su casa– luego de atravesar un camino muy escarpado. (Para proteger su identidad, Vic Tobias no es su nombre verdadero.) "Lo que tenés que entender acá es que todo el mundo está metido en esto de alguna manera… todo el mundo, ¿eh?", me cuenta Tobias mientras caminamos por la calle principal de ese pueblito. "¿Ves ese pibe?", dice, y saluda con la cabeza a un tipo de veintipico con gorrita de béisbol. "Te puedo asegurar que ese pibe planta. ¿Y ves a esa abuelita?" Señala con los ojos a una mujer canosa de aspecto amable y suéter navideño rojo, que tiene un bebé en brazos. "Para mí, ella se dedica a limpiar cogollos, o si no, tiene gente que le trabaja la tierra. Acá todo el mundo se rige por la ley de los promedios: el 90 por ciento cultiva; al uno por ciento lo agarran." Tobias cultiva marihuana desde mediados de los 90. Tiene treinta y largos, y hoy lleva puestas unas botas completamente embarradas y un overol. Al principio, cuando vivía en otra parte de la costa oeste, el porro que cultivaba era casi todo para él. Un hobby, como fabricar cerveza casera. Trabajaba en una oficina y vendía lo que le quedaba. Pero descubrió que tenía talento para eso, y un día se mudó al Triángulo Esmeralda para dedicarse profesionalmente a su hobby.

Gana bien, aunque tampoco tan bien, con lo que se ubica en la parte media de la pirámide de ingresos del Triángulo: gana más que la madre soltera que tiene diez o veinte plantas en el patio para hacerse unos manguitos extra, pero no está ni cerca de los peces gordos, que por lo general tienen vínculos con alguna forma de crimen organizado, y producen en escala masiva. (La plantación más grande de la que se tenga memoria en los últimos tiempos fue descubierta en 2007, cuando las autoridades del condado de Humboldt descubrieron la friolera de 135 mil plantas en un área recóndita de un bosque que era propiedad de una empresa forestal. No hubo detenciones, pero las autoridades declararon que la evidencia hallada en la escena del crimen apuntaba a los carteles mexicanos.)

Sin embargo, un productor muy trabajador con ambiciones modestas puede ocuparse él solito de una plantación que funcione todo el año: al aire libre en verano, y a puertas cerradas durante las otras estaciones, gracias al cultivo hidropónico. La plantación que tiene Tobias en este momento en interiores, unas doscientas plantas, está en un largo cobertizo sin ventanas que dividió en dos sectores, uno con y uno sin luz, que va alternando cada doce horas. Las 45 plantas que va a cosechar esta noche deberían rendir unos dos kilos y cuarto de porro, lo cual equivaldría a unos 20 mil dólares.

Cuando entramos en el cobertizo donde tiene las plantas, al principio la luz nos ciega. El lugar está atestado de plantas de distintas alturas. Las más altas nos llegan hasta el pecho. Cada una tiene su propio baldecito negro, en el que desembocan unos tubos serpenteantes que vienen de cuatro toneles de plástico que contienen una solución de nutrientes. Del techo bajo penden hileras de tubos de luz, cubiertos por pantallas plateadas, como las lámparas que cuelgan sobre las mesas de pool; cuatro ventiladores en la pared oscilan lentamente, para mantener fresco el lugar. Las paredes son blancas y reflectantes, lo cual le confiere al lugar un brillo que encandila, y con todos esos tubos y esos cables, parece el set de una película de ciencia ficción. Las instalaciones más modestas hacen pensar en una nave espacial salida de una película de Ed Wood. La de Tobias, en cambio, es ciento por ciento Kubrick: la versión de los 60 de un futuro brillante y estéril.

Las plantas son frondosas y fragantes, y llenan el ambiente con un tufo a almizcle de invernadero. Los cogollos más grandes, del tamaño de un puño, están dispuestos en una fila más cercana a las luces, recargando los tallos. Una especie de mosquitero evita que se doblen. Tobias, después de ponerse unos anteojos oscuros, se mete debajo del mosquitero y comienza a podar las plantas que están listas para la cosecha: usa una tijera en la base y manipula delicadamente la parte superior entre los hilos. Quiere evitar, en lo posible, tocar los cogollos, en especial los tricomas (o "cristales"), que parecen pelitos y que contienen la mayor parte del THC (tetrahidrocannabinol, el principio activo del cannabis). "Es una estrategia de venta", cuenta. "Nunca tocada por manos humanas." Ahora, uno por uno, me va pasando los tallos. Meto todos los que puedo en un tubo de plástico, mientras las manos y la ropa rápidamente se me llenan de una resina pegajosa.

Luego de llenar tubos con dos docenas de plantas, los llevamos al camión de Tobias. El cielo nocturno está despejado y tachonado de estrellas. "Ahí está el Cinturón de Orión, ¿lo ves?", me dice señalando con el dedo la constelación. Luego vamos en el camión a otra casa de su propiedad, que parece abandonada desde hace tiempo. En vez de cortinas, viejos edredones cubren las ventanas. Adentro, hay una tenue luz en la cocina, y en un iPod conectado a un equipo de música suena la banda Oysterhead. El socio de Tobias está trabajando en una prensa de mesa, que usa para armar ladrillos. De tanto en tanto, hace una pausa para fumarse un par de secas de un fasito (de la variedad Mendocino Beauty, cruzada con Willie Nelson).

Llevamos la marihuana a otra habitación, donde hay varios alambres que cuelgan de pared a pared, como un tendedero. Con una tijera, cortamos las plantas en ramitas y las colgamos boca abajo de los alambres, donde se secarán por unos días, momento en el cual Tobias contratará un equipo de limpiadores (que cobran unos 225 dólares el medio kilo limpio) para cultivar los valiosos cogollos. Limpiar cogollos es una tarea tediosa y complicada, pero potencialmente lucrativa: un buen limpiador puede sacar más o menos un kilo por día; de todos modos, muchos de ellos toman marihuana en parte de pago por sus servicios. Esta noche, para facilitarles el trabajo, cortamos todas las hojas que podemos. A esta actividad se le llama "deshojado". Luego de veinte minutos, el piso de baldosas rojas se cubre de una alfombra verde y amarilla. Cuando terminamos, Tobias agarra una escoba y barre metódicamente las hojas, como un peluquero barre el piso después de cortar el pelo.

Una vez que la marihuana está lista para su comercialización, Tobias se la vende a un intermediario, que a su vez la transporta a una ciudad más grande, donde encuentra otro comprador: o bien un dispensario de marihuana con fines médicos, o un dealer callejero. Como muchos pequeños empresarios ambiciosos, Tobias trabaja casi todo el tiempo. La profesión que eligió es muy ardua y estresante, y obviamente muy peligrosa. Están las típicas preocupaciones de todo agricultor por el éxito de su cosecha, la amenaza constante de que caiga una redada y además el peligro de que te roben, que se te metan en tu propiedad o que te ataque una pandilla de motoqueros. Considerando que hace tiempo que Tobias se dedica a esto, hubo años malísimos en que perdió casi todo, y casi queda en la calle: algunas plantas se murieron y otras hubo que cortarlas para evitar engorros con la ley.

Y ahora, como los trabajadores de todos los demás sectores de la economía, desde las plantas automotrices hasta las grandes cadenas de supermercados, Tobias se ve forzado a repensar su lugar en el mercado. En el caso de la marihuana, el problema no es la nueva tecnología, ni la globalización, ni la recesión, sino el cambio en la opinión pública. Como tantas otras cuestiones que en el pasado dividieron a la población –como los homosexuales en el Ejército, para tomar el ejemplo más reciente–, el halo de sordidez que tenía la marihuana parece estar perdiendo eficacia como elemento de presión política. Robert Mikos, un profesor de Derecho de la Vanderbilt University que ha escrito mucho sobre el derecho de cada estado a ignorar la prohibición federal que pesa sobre la marihuana, dice que los experimentos que están teniendo lugar en California y otras partes con la marihuana con fines médicos han allanado el camino para continuar con la despenalización. Han permitido que la gente comprobara que "todas las cosas terribles que habían predicho los gobiernos de Clinton y Bush finalmente no sucedieron", dice Mikos. "No fue el fin del mundo."

La cruzada por la legalización ha cobrado un carácter más urgente en los últimos meses, gracias a la debacle económica. Antes, por supuesto, había muchísimos argumentos morales en favor de una reforma política en la materia: desde el dinero que se gasta en la prohibición, pasando por las vidas que se arruinan de la gente que es condenada absurdamente a la cárcel, hasta la hipocresía de prohibir una sustancia que no es más dañina que el alcohol, el tabaco o muchos medicamentos que se venden bajo receta. Pero en comparación con cuestiones como los derechos civiles o las guerras injustas libradas en el extranjero, protestar por el derecho de estar fumado siempre había parecido algo más bien frívolo; incluso para una persona con ideas progresistas que fuma porro, escuchar a un chabón hablar de cómo la bandera original de los Estados Unidos y la Biblia de Gutenberg y la pipa de Abe Lincoln estaban hechas de cáñamo puede ser tan embolante como un sermón contra las drogas. Mikos no creyó que la opinión pública estuviera a favor de la "legalización recreativa generalizada" hasta el año pasado. "Lo que inclinó la balanza –especifica– fue que la gente se dio cuenta de que se puede ganar mucha plata con eso."

La debacle económica, con sus oscuras implicancias, ha enfatizado el hecho de que sacar la marihuana del mercado negro y ponerla en el de los productos orgánicos podría ser de gran ayuda para las deprimidas economías estatales. Es cierto que el presidente Obama, a la hora de promocionar su nueva economía verde, ha evitado hasta el momento hacer mención a esta otra –y no tan nueva– economía verde. Pero algunos políticos están empezando a hacerlo. El gobernador de California, Arnold Schwarzenegger, anunció el año pasado que "es hora de debatir" la legalización de la marihuana, antes de que apareciera el informe que revelaba que la despenalización podría otorgarle a California beneficios anuales por 1.400 millones de dólares. (Schwarzenegger se diferencia de los otros gobernadores en que no sólo fumó porro con Tommy Chong, sino que también, cuando un paparazzo que lo acechaba con una cámara de video le preguntó al respecto, le sonrió y exclamó: "¡Siempre la pasamos bien!".)

En los próximos meses, los activistas de California van a dar un nuevo e importante paso en su lucha, tras haber recolectado 700 mil firmas para que en noviembre se realice un plebiscito para legalizar completamente la marihuana. Tom Ammiano, un asambleísta estatal de San Francisco que comenzó su carrera política militando por los derechos de los homosexuales –hace de sí mismo en la película de Gus Van Sant de 2008, Milk–, ha presentado su propio proyecto de legalización en la legislatura estatal. "El clima político cambió mucho en Sacramento en el transcurso del año pasado", explica Ammiano. "Si hubiéramos votado en los pasillos, se habría aprobado de una. Uno escuchaba a los republicanos decir: «¡Sí! ¡Metámosle un impuesto! ¡Si yo fumo!». Bueh, ¿por qué no te fumás uno ahora y votás a favor de mi proyecto?"

Ammiano se ríe y luego prosigue. "Obviamente, el tema ha cobrado un atractivo que quizás anteriormente no tenía. La gente ve que cierran escuelas, que dan licencias obligatorias, que reducen la cobertura del seguro de salud, y después se percata de que hay una industria que reporta 14 mil millones de dólares y que no paga impuestos ni está regulada. Así que ahora que el viejo y querido capitalismo tomó cartas en el asunto, todo está saliendo a pedir de boca. En los 70, teníamos un término llamado «convergencia armónica». Se lo conté a alguien de veintipico, y me dijo: «Loco, ¿de qué estás hablando?». Significa que todos los astros se alinean. La cosa empieza a parecer inevitable."

Lo que complica las cosas es el panorama jurídico, que se ha vuelto cada vez más surrealista. La marihuana sigue siendo ilegal en el ámbito federal, aunque en ciertos estados es legal comprarla con receta para consumo medicinal, si bien es ilegal cultivarla. En California, esto significa que los productores y los dueños de los dispensarios, que supuestamente no tendrían que estar obteniendo ganancias, ni siquiera vendiendo marihuana, siguen trabajando en una especie de laguna jurídica. Mientras tanto, los verdaderos pacientes pueden tener marihuana, pero a menudo no tienen manera de obtenerla legalmente.

Si California legaliza la marihuana y esto produce los réditos económicos esperados, ¿se apresurarán los otros estados a buscar su parte del botín impositivo derivado de la actividad pecaminosa, como ha ocurrido con los casinos? ¿Cuánto podría derrumbarse el precio de la marihuana si se la legaliza? ¿Cuántos impuestos debería pagar? Si se establecen gravámenes muy elevados, ¿seguiría funcionando un mercado negro paralelo? ¿Por qué ese mercado negro –en particular las pandillas y clubes de motoqueros que tradicionalmente han obtenido grandes beneficios del negocio del porro– habría de cederle tan fácilmente este mercado a algún yuppie dueño de un dispensario? Olvídense de los Hells Angels y de la mafia: ¿qué pasa si se mete Philip Morris y se queda con todo?

¿Y qué va a pasar con los productores como Tobias? Como están las cosas, él piensa que va a ser capaz de adaptarse a la nueva legislación, pero cree que el aumento de la competencia lo va a perjudicar. Uno de los amigos de Tobias, otro productor de larga data, me dice, enojado: "Nosotros somos los que tuvimos que afrontar todos los riesgos, y ahora nos van a sacar de circulación".

De todas maneras, el éxito económico de los productores de marihuana del Triángulo Esmeralda, por más que se trate de un pequeño nicho, constituye un relato típicamente estadounidense en el que el clásico pragmatismo de frontera se encarna en el más puro espíritu capitalista. Y en un momento de profunda incertidumbre económica, quizás habría que prestarle atención a este tipo de éxito. Mientras que en el pasado la marihuana barata y producida en gran escala que venía de México y de Sudamérica dominaba el mercado estadounidense, actualmente la mitad de la marihuana que se vende es de alta calidad y producida en el país. En parte, esto tiene que ver con el endurecimiento de la política de fronteras luego del 11 de septiembre, lo cual dificulta el contrabando de marihuana en grandes cantidades. Por el contrario, como señaló el Washington Post el año pasado, los cogollos caseros en general son producidos por "pequeños emprendedores que laboriosamente instalan invernaderos y jardines cerrados para producir la mercancía más potente y costosa que los consumidores demandan en la actualidad".

Si uno se pone a pensar, esto es bastante impresionante: el triunfo de la calidad sobre la chatarra producida en masa; y todavía más: ¡esta vez la chatarra no la producimos nosotros! El cultivo de marihuana es exactamente el tipo de trabajo laborioso que exige cierta calificación y que cualquier otra industria (legal) habría tercerizado radicándose en México hace mucho. Pero su propia ilegalidad ha blindado a esta actividad contra el nafta. En un momento en que el desempleo se ubica cerca de los dos dígitos, y que tanto la industria pesada como la granja familiar han desaparecido hace tanto tiempo que el solo hecho de recordarlas constituye un flagrante anacronismo; en un momento en que Estados Unidos ya no fabrica nada, bueno, al menos producimos faso de altísima calidad. Y somos muy, pero muy buenos en eso.

Una noche helada de enero, en un anodino centro de oficinas suburbano en Southfield, Michigan, apenas saliendo de Detroit, unos veinticinco alumnos se preparan para comenzar una clase para adultos. Tres de ellos –los hermanos Eric y Jerry Boyajian y su amigo Jon Goodwin– manejaron tres horas desde Benton Harbor, un pueblo rural en la otra punta del estado. "Es la primera vez que me dan ganas de pisar un aula", bromea Goodwin, al tiempo que se sienta en una silla frente a una de las largas mesas del aula. Este flaquito de 37 años, que tiene puesta una remera gris sobre una camiseta térmica de mangas largas, es plomero de oficio. Los Boyajian tienen una relojería. Los tres han visto caer en picada sus respectivos negocios, así como los del resto de Benton Harbor: en un mes han cerrado sus puertas dos negocios del pueblo, un local que hacía carteles y un viejo restaurante italiano. Jerry Boyajian, un grandote de 39 años que tiene puesta una gorrita con el logo de Ford, me lleva a un costado y, bajando el tono, me dice: "Nunca habíamos hecho algo como esto. Pero la economía está tan mal que estoy ganando la mitad de lo que ganaba. Así que nos pusimos a pensar: «¿Cómo hacemos para meternos en esto?»".

Con "esto" se refiere a la producción y a la distribución de marihuana, que ahora son actividades legales en Michigan, luego de que el 63 por ciento del electorado aprobara en 2008 una ley que autoriza a un paciente con una recomendación válida de un médico a cultivar su propia marihuana, con un límite de doce plantas. Además, los pacientes pueden obtener su remedio de manos de un proveedor autorizado, con licencia otorgada por el estado, que puede cultivar para sí mismo y para otros cinco pacientes. El estado de Michigan se ha visto inundado con pedidos de licencias para cultivar marihuana con fines médicos: desde abril de 2009 ha habido cerca de 14 mil pedidos, lo que equivale a unos 75 por día. Dado que la tasa de desempleo de Michigan, casi del 15 por ciento, sigue siendo la más alta del país –en Detroit, algunas estimaciones incluso han ubicado la cifra en un asombroso 50 por ciento–, muchos residentes ven en el cultivo de marihuana una de las pocas actividades en crecimiento de una calamitosa economía estatal.

Acá es donde entra en juego el Med Grow Cannabis College. Según su sitio web, "es la primera universidad de Michigan dedicada a la marihuana con fines médicos". Med Grow sigue el modelo de la exitosísima Oaksterdam University de Oakland, California: el plan de esta carrera de seis semanas, que tiene un costo de 475 dólares, incluye materias como Cocción y Concentrados e Historia del Cannabis, y entre sus profesores se cuentan médicos, abogados y un profesor de horticultura de apellido Nature. La única lectura obligatoria es Cervantes – no el autor del Quijote sino Jorge Cervantes, que escribió Marijuana Horticulture: The Indoor/ Outdoor Medical Grower’s Bible [horticultura de la marihuana: la biblia del cultivador médico de interior y exterior]. Desde su apertura en septiembre pasado, su matrícula ha sido de unos cien alumnos por mes.

Med Grow fue fundada por Nick Tennant, un flaquito de 24 años con cara de nene que tiene puesta una camisa de vestir debajo de un suéter a rombos y está sentado detrás de un escritorio semivacío; da la sensación de que su propia silla de ejecutivo está a punto de tragárselo, y parece un chico jugando a ser el capitán Kirk en la oficina de su padre, un empleado de General Motors. "Quise meterme en una industria emergente –dice–, algo que fuera más viable que el service automotor." Si bien dice que nunca fue un gran fumador de marihuana, Tennant vio en el modelo de Oaksterdam una oportunidad. "Es mejor que la sociedad estimule microeconomías de escala", dice.

Han surgido emprendimientos similares en todos los estados del país que autorizan el cultivo de marihuana con fines médicos. En diciembre, Ganja Gourmet, el autoproclamado "primer restaurante gourmet especializado en marihuana" de Estados Unidos, donde se pueden pedir cosas como una pizza de cannabis que cuesta 89 dólares, abrió sus puertas en la ciudad de Denver; Breckenridge, un pueblo de esquiadores en Colorado, fue un paso más allá, con la esperanza de atraer turistas, y en noviembre pasado legalizó la posesión de hasta 30 gramos de marihuana.

Las distintas leyes estatales que regulan la marihuana con fines médicos pueden resultar muy confusas para el común de la gente. Según un principio jurídico llamado "prohibición de coerción", el gobierno federal no puede obligar a un estado a implementar leyes federales. Pero hasta a los partidarios de la legalización debería irritarles la deshonestidad intelectual que a veces tiene lugar en el marco del debate en torno al uso de marihuana con fines médicos. Pocos objetarían dicho uso por parte de pacientes con cáncer o SIDA. Pero todo el mundo sabe que la abrumadora mayoría de la gente de California que recibe recomendaciones para utilizar marihuana con fines médicos la fuma con un ánimo tan medicinal como el de los personajes de los cuentos de Cheever al tomarse tres martinis extrasecos en el vagón comedor de las 6.15. Ha surgido una pequeña industria de médicos que se especializan en escribir recomendaciones para el consumo de marihuana con fines medicinales; luego de pagar una tarifa fija –usualmente, alrededor de los 200 dólares–, hasta el más vago malestar (estrés, insomnio, dolores articulares) lo hace a uno acreedor de una tarjeta para comprar marihuana con fines medicinales, válida por un año. (Para un estado tan obsesionado con el cuidado de la salud como California, nunca vi tanta gente en perfecto estado físico de veintipico y treintipico quejándose de algún dolor de espalda crónico o de náuseas.)

En términos estratégicos, la legalización de la marihuana con fines medicinales ha demostrado ser una jugada brillante para quienes pretenden reformar la legislación del país en materia de drogas. "La marihuana con fines medicinales ha transformado la imagen del consumidor de marihuana, de un pibe de 17 años con rastas rubias a una persona de mediana edad con una enfermedad real", afirma Nadelmann, de la Drug Policy Alliance. "Permitió que la gente empezara a hablar seriamente sobre el tema, en vez de reírse de la marihuana y decir que es un puente hacia otras drogas. Ayudó de verdad a cambiar el debate."

Una tarde en Detroit, visito a John Sinclair, el poeta y ex manager de los MC5, además de un activista histórico pro porro. A Sinclair lo detuvieron con bombos y platillos en 1969 por posesión de dos porros y lo condenaron a diez años de prisión. En 1971, Sinclair todavía estaba preso, así que sus partidarios organizaron una protesta masiva en Ann Arbor llamada Ten for Two, de la que participaron John Lennon y Yoko Ono, Stevie Wonder y Allen Ginsberg. "En los tribunales, habíamos argumentado que la marihuana no era un narcótico, y que mi sentencia había sido exagerada y cruel", me cuenta Sinclair, que ahora tiene 68 años. "Sin embargo, después del concierto, las autoridades dijeron: «¿Qué mierda estamos haciendo? ¿Los Beatles vienen a protestar por este tipo?». A los tres días estaba afuera."

Sinclair y Holice P. Wood, su extrovertido socio, piensan abrir la primera cooperativa del porro de Detroit. Se va a llamar Trans-Love Energies, en honor a la comuna que Sinclair fundó en Detroit con otras personas en los años 60. "Legalizar el porro sería una forma viable de salvar la ciudad", dice Wood. "Detroit es un lugar donde hasta la gente que tiene un trabajo de verdad tiene algún tipo de curro. Y ahora la mayor parte de la gente perdió su trabajo."

Mientras que estados como Michigan siguen ajustando los parámetros de su cambiante legislación, tanto los residentes como los políticos seguramente dirigirán sus miradas al oeste, al experimento californiano con la marihuana con fines medicinales –que ya lleva catorce años–, buscando encontrar alguna clase de precedente; o, en el caso de Los Angeles, una historia que sirva de advertencia. Extrañamente, no hay registros oficiales sobre el número de dispensarios de Los Angeles. Pero su cifra se ha incrementado drásticamente, de 186 en 2007 (cuando la Municipalidad –que había pasado años evitando por completo el tema– les puso una moratoria ineficaz en la práctica a los nuevos dispensarios) a un número que hoy oscila entre los 800 y los 1000. La mayoría de ellos abrió en los últimos doce meses.

A pesar de los excesos, conocer de cerca algunos aspectos del boom de los dispensarios de marihuana angelinos deja una sensación, en términos generales, de civilidad. Uno de los mejores argumentos de quienes proponen una política progresista en materia de drogas ha sido el éxito de Farmacy, una pequeña cadena de dispensarios de Los Angeles fundada por Joanna LaForce. Los locales de LaForce, una farmacéutica con licencia que cuenta con amplia experiencia en hospicios y geriátricos, se parecen más a esos exclusivos almacenes de comida naturista que a esos negocios medio sórdidos que venden artículos relacionados con la marihuana. Los locales, ubicados en Venice Beach, son luminosos y abiertos, y pasan música de Ella Fitzgerald; la mayor parte del espacio la ocupan productos como tés chinos en hierbas, dentífricos orgánicos y morrales tejidos del Himalaya. Si uno les presenta su tarjeta de autorización para consumir cannabis a los empleados que están detrás del mostrador, éstos le ofrecerán un menú plastificado, con variedades como Sour Goat y Skywalker OG, y responderán cualquier posible inquietud acerca de sus efectos. Los precios van de los 25 a los 85 dólares por tres gramos y medio. Además, hay una gran variedad de alimentos que contienen cannabis, entre los cuales se cuentan seis gustos de helado, un tubito de pesto (65 dólares), unas mentitas con chocolate tuneadas (15), y para el porrero ABC1 que lo tiene todo, una botella muy elegante de aceite de oliva (199 dólares).

A unas pocas cuadras de Farmacy, por el coqueto boulevard Abbot Kinney, se encuentra 99 High Art Collective, un nuevo dispensario que parece más bien un centro cultural y comunitario hippie. El lugar es supuestamente una galería que se especializa en "artistas con estados elevados de conciencia": el día que voy, hay una muestra de un artista peruano que pinta escenas selváticas psicodélicas y loros. (A decir verdad, esta muestra es un argumento poderoso a favor de que la marihuana continúe siendo ilegal.)

En el norte de California, un productor y activista llamado Tim Blake está sentando las bases para un futuro más legal. Uno de los emprendimientos que encabeza es un grupo que se llama Cooperativa Agrícola de Mendocino, una asociación de productores locales cuyo objetivo sería crear una comunidad dedicada al cultivo orgánico, sustentable y certificado de marihuana, comprometida con las implicancias ambientales de su actividad agrícola; básicamente: los macrobióticos de la industria del porro. La escasez de agua, por ejemplo, es un gran problema en toda California, y a veces los que cultivan ilegalmente son atrapados robando agua de ríos públicos como el Eel; de manera análoga, los cultivos de interiores en gran escala producen grandes emisiones de carbono. Blake cree que los pequeños productores de marihuana van a sobrevivir y medrar en un mundo en que las pequeñas cervecerías han encontrado un nicho en un mercado dominado por Budweiser, ofreciéndoles su producto a una elite de conocedores.

Con la actual moda del movimiento slow food y la fetichización de todo lo que va de las carnicerías artesanales a los "agricultores estrellas de rock", no resulta sorprendente que Blake y sus amigos quieran que se tome en serio lo que hacen. "¿Los que cultivamos acá?", introduce. "Somos la oveja negra de nuestras familias. Los tipos que nunca han podido obtener el reconocimiento que tiene la gente que se dedica a hacer vinos. Y estamos cansados de eso."

Por lo general, las cepas de marihuana son bautizadas por sus creadores, quienes les venden su "genética" a productores como Tobias a cambio de un precio que va de los 5 a los 100 dólares por bolsa de semillas; una cepa que se pone de moda, por ejemplo por haber ganado la Copa Cannabis en Amsterdam, en consecuencia aumenta considerablemente de precio. En la Copa Esmeralda de este año se presentaron cien cepas, que un distinguido jurado de ocho miembros se dedicó a catar en un período de apenas unas pocas semanas. (Para ser jurado de la Copa Esmeralda es necesario contar con "al menos una década de experiencia como fumador"; los miembros de este año calcularon que entre todos sumaban 330 años.) Cada participante recibe una calificación del 1 al 10 en varias categorías, como aroma, sabor y efectos. Como era de esperar, la calificación obtenida en este último rubro vale doble. "Es más trabajo de lo que uno podría pensar", dice uno de los jueces, que se hace llamar Pelusa. Pelusa tiene puesto un chaleco encima de una remera violeta, y usa unas botas de pescador hasta las rodillas; no me explica a qué se debe su apodo, pero seguramente debe tener que ver con esa barba de contrabandista de caricaturas. "Discutimos sutilezas", describe. "Para referirnos al aroma, hablamos de «nariz». O tal vez decimos que «en boca», tiene «un persistente dejo frutal»."

Blake, el dueño del predio 101 (donde se celebra la Copa Esmeralda), supervisa todo con un aire a la vez relajado y muy intenso. Algo en él hace pensar en una versión saludable de Keith Richards. Sus ojos, oscuros y sinceros, tienden a quedarse mirándote demasiado tiempo, y eso, sumado a la ligera desconexión de la mirada respecto de su sonrisa, le da el aspecto rayano en lo mesiánico propio de un líder sectario. Antes de establecerse en el condado de Mendocino, en el currículum de Blake figuraban una serie infantil de televisión, un sello discográfico independiente de rap y haber trabajado en los efectos especiales de "realidad virtual" de la película El hombre del jardín. También estuvo preso seis meses en los 90 por cultivar marihuana.

Blake me conduce a través de la multitud; en el camino, vemos gente pasarse porros y alargadas pipas de vidrio. En su oficina, un grupito de amigos está cómodamente apoltronado en un sillón. Alguien encendió un vaporizador, que produce un zumbido flatulento. El ganador de este año de la Copa Esmeralda, un tipo de mediana edad y voz suave con una gorrita de Carhartt al que llaman Hawaii Dave, está sentado en una silla al lado de la puerta, disfrutando tímidamente de su momento de gloria. Su cepa ganadora, la Cotton Candy Kush –una variedad extremadamente intensa (te pega en todo el cuerpo) de cannabis índica, con aroma y sabor dulzones–, seguramente se encarecerá una vez que se sepa de su triunfo; en años pasados, los precios de las cepas ganadoras han llegado a aumentar hasta 500 dólares por libra [454 gramos] respecto del precio original.

Otro jurado, que se presenta como Swami, es un tipo menudo con una larga barba blanca, vestido con una túnica blanca, un gorrito tejido, medias futboleras blancas y sandalias Birkenstock. Tiene una sonrisa amable que parece no abandonarlo nunca, a la manera de un gurú que se viera obligado a rebajarse a los planos de conciencia inferiores de la gente común. Swami acepta enseñarme cómo funciona el proceso de calificación. Primero me hace examinar, con un microscopio de joyero, los tricomas cristalinos que hay en un cogollo. Luego me enseña ejercicios de memoria sensorial, haciéndome olfatear un montoncito de marihuana picada en un plato de cartón. Me pregunta si me hace acordar al olor de la cocina de mi mamá o a las axilas roñosas de alguien. Después de armar un fasito, pero antes de encenderlo, Swami me dice que le dé una "seca en seco", para probar el gusto. "Es como una meditación consciente –dice–, como comer una manzana y sentirle de verdad el gusto a cada bocado."

Pelusa reconoce que calificar a muchos concursantes en un solo día puede perjudicar a las cepas de efecto más retardado, aunque, agrega, "descubrí que, luego de probar dieciocho cepas diferentes en un día, uno llega a rasgar el velo. Al final, uno es capaz de determinar los efectos con una dosis mínima. «A ver... ésta relaja los músculos.» «Esta es brillante y eléctrica, más bien energizante.»". Yo corregiría algo, porque luego de probar, una tras otra, las tres cepas que compartieron el podio, "rasgar el velo" no me parece la frase más apropiada. Ahora empiezan a probar los fasitos sin encenderlos. Una mujer del jurado alaba su "delicioso aroma". "Tiene notas de vainilla", dice. "Y un dejo de Pinolux."

Por más facil que Blake y sus amigos lo hagan parecer, hay una dificultad intrínseca en sacar a la luz (natural, no la artificial del invernadero) una cultura clandestina. En Detroit, un productor con un frondoso prontuario delictivo me cuenta: "¿Qué pasa si un pibe decide robarme?". Tiene unas trescientas plantas en un depósito anónimo en una zona industrial marginal, casi fantasma. "¿Estoy dispuesto a matar a alguien por 200 lucas?", prosigue, y comienza a acalorarse. "Alguna gente con la que me crié mataría a alguien por 20 lucas. ¿Te das cuenta del dilema al que me enfrento? No quiero tener que matar a un pibe por faso. Pero ¿qué puedo hacer? Si me robás, yo tengo que volver a las andadas."

En Los Angeles, muchos de los nuevos dispensarios son lugares sórdidos y nocturnos que están a años luz de los negocios boutique de Venice Beach. El valle de San Fernando, en particular, se ha convertido en un hervidero de dispensarios marginales. Sus dueños son rusos, israelíes o pibes de la zona, de veintipico, a quienes sus padres les prestan plata para abrir el negocio. Estos lugares suelen estar en pequeños paseos de compras, y por lo general parecen sex shops con las persianas bajas. Adentro, generalmente no hay más que una pequeña habitación en la que alguien atiende detrás de un mostrador, a veces con un vidrio a prueba de balas. Los "pacientes" son conducidos a través de una serie de puertas de seguridad.

El sheriff del condado de Mendocino, Tom Allman, se ve obligado a lidiar con la consecuencia natural de un mercado negro tan activo: la violencia. La postal del norte de California sigue siendo la de los hippies de Haight-Ashbury que se radicaron allí a fines de los 60 para cultivar marihuana pacíficamente. Pero de hecho, como me dice un ex limpiador, "son hippies que andan de caño". Allman me cuenta que tiene cinco homicidios sin resolver que tuvieron lugar en los últimos años. El día antes de juntarnos a hablar, sus perros descubrieron el cadáver de Steven Schmidt, de 49 años, en un recóndito jardín de marihuana. Lo habían golpeado repetidamente en la cabeza con un martillo; el residente de la zona Phillip Frase, de 62 años, fue detenido, acusado de ser el autor material del crimen. Frase se declaró inocente. "Fue una transa que salió mal, no hay duda de eso", dice Allman.

Para aumentar la tensión, es cada vez más fuerte la presencia de los carteles mexicanos, que no quieren renunciar al extremadamente lucrativo negocio de la marihuana, a los que les está resultando más fácil hacer pasar cultivadores a través de la frontera que marihuana en grandes cantidades. En los últimos tiempos, los carteles se han hecho tristemente célebres por instalar plantaciones en tierras públicas, en zonas alejadas dentro de los numerosos parques nacionales que hay en el norte de California. "En la primavera, llegan ilegales con semillas", cuenta Allman. "En el verano, les mandan comida –no bajan a los pueblos a hacer compras–, y a fin de año, después de la cosecha, les pagan cuarenta o cincuenta mil dólares." La mayoría de los productores con los que hablé se pusieron nerviosos (y, a decir verdad, un poco más nacionalistas de la cuenta) cuando les pregunté por los carteles, que suelen estar fuertemente armados, y que a menudo protegen con minas sus plantaciones. "Los bosques de esa zona son muy peligrosos… Son leones montaraces, esos mexicanos", me advirtió un productor, y agregó: "Esos mexicanos te matan sin problemas".

Incluso si todo le sale bien a un productor del Triángulo Esmeralda –si la cosecha sale buena, si los limpiadores no maltratan sus cogollos, si no lo detienen en una redada ni le roba alguna pandilla armada–, llega un momento en que tienen que lidiar con una última pero crucial cuestión: hacer efectiva la venta. En California, las principales víctimas de la ambigüedad en torno al cultivo y la distribución de marihuana son los productores, quienes deberían ser los mayores beneficiados por el boom del porro; pero, de hecho, pasar marihuana a través de las fronteras estatales, o incluso hacerla llegar a San Francisco o Los Angeles, puede ser una tarea extremadamente peligrosa. La sobreabundancia de marihuana no ha hecho sino agudizar el problema. "Antes, uno podía vender menos cantidad por más plata", me cuenta Vic Tobias. Pero ahora, los pequeños productores a menudo se ven forzados a asociarse con distribuidores más grandes –intermediarios que cuentan con los medios para transportar la marihuana a las mayores ciudades, donde tienen contactos y clientes– con poder de compra como para bajar los precios. "Es algo típico de Estados Unidos… igual que Walmart", dice Tobias, sacudiendo la cabeza, irritado. "Siempre las grandes corporaciones compran barato en cantidades enormes. Y siempre los perjudicados son los pequeños productores."

En 1999, cuando Gary Johnson aún era el gobernador de Nuevo México, le dedicó algún tiempo a estudiar informes en materia de políticas de drogas, concluyó que la evidencia a favor de la despenalización era convincente y anunció públicamente que apoyaba le legalización; inmediatamente, su imagen positiva bajó del 58 al 28 por ciento, casi de la noche a la mañana.

"No es que estuviera ciego. Sabía lo que iba a pasar", cuenta ahora Johnson. "Pero una cosa es saber qué va a pasar y otra cosa es que pase." En vez de retractarse o dar explicaciones vacuas, Johnson redobló la apuesta: siguió hablando abiertamente sobre el tema. "Prometí que iba a recorrer cada rincón de Nuevo México para explicarle a la gente de lo que estaba hablando", dice. "Y al final, dejé mi cargo con un índice de aprobación del 58 por ciento. Creo que éste es un problema de educación." Luego agrega: "Hay un segmento de la población que está ciento por ciento en contra de legalizar el porro: son los funcionarios votados. Lo que yo le vengo diciendo a la gente es que la legalización es algo bueno. Cuando digo que es algo bueno, quiero decir que es razonable. De verdad creo que, literalmente, un día todos los políticos se van a ir a acostar y cuando se levanten a la mañana van a decir: «Sí, ¿por qué no?». Siempre digo que es un test para constatar el buen funcionamiento del cerebro".

Ethan Nadelmann es optimista respecto de los cambios que están flotando en el aire. "Lo primero que vamos a ver es una proliferación de gravámenes y regulaciones y de propuestas de despenalización en todo el país", predice. "Y el tema de la marihuana con fines médicos va a continuar. Nos estamos acercando cada vez más en Illinois, Connecticut, Nueva York. En cualquier estado en que las encuestas den un 50 por cierto a favor de la legalización, van a empezar a aparecer propuestas. Y, finalmente, algunas se van a aprobar."

Surgen algunos interrogantes legítimos acerca de las ramificaciones sociales de un cambio tan profundo en la política sobre drogas: por ejemplo, la disminución de la estigmatización social que pesa sobre la marihuana, junto con la reducción del precio, podrían producir un aumento significativo en el consumo. Otros expresan sus reservas con algunos argumentos económicos esgrimidos por los partidarios de la legalización, por considerar que tal vez sean exagerados. "Se manejan muchas cifras que están basadas en estimaciones muy dudosas", advierte Beau Kilmer, el investigador de la corporación RAND. "La verdad es que no sabemos qué va a pasar con los precios luego de la legalización, y no queda claro cuál es la tasa que debería pagar la marihuana."

Por supuesto, viéndole el lado positivo a la cuestión, podría haber muchas otras fuentes de ingresos, más allá de la venta de marihuana en sí misma. El Triángulo Esmeralda podría explotar el turismo relacionado con el porro, como hacen en el valle de Napa con las bodegas. Y, naturalmente, habría una serie de nuevos y sofisticados vaporizadores y pipas y sedas para cubrir las demandas de un mercado en crecimiento. La empresa británica GW Pharmaceuticals, por ejemplo, ha estado desarrollando un inhalador tipo Ventolín, que regula la dosis exacta de marihuana con fines médicos que uno debiera inhalar. (Uno de los problemas para recetar, incluso si se termina quitando la marihuana de la lista de sustancias controladas, es la dificultad para recetar una dosis específica.) Otro productor con el que hablé me dijo que a un amigo suyo lo fueron a ver de una empresa líder en el mercado de agroquímicos, que está desarrollando una semilla de cannabis que crece en cuarenta días con sólo ocho vasos de agua.

No todo el mundo está tan entusiasmado con la creciente comercialización de la industria de la marihuana, uno de los últimos bastiones que se mantenían al margen de la invasión corporativa. Hace décadas que entre los porreros circula el mito urbano de que las tabacaleras están esperando a que se legalice la marihuana para hacerse inmediatamente con el control del negocio, y de que por este motivo hay espías de Philip Morris rondando ciudades como Garberville, Ukiah y Eureka. Ahora que la legalización parece posible, se acerca el momento en que la paranoia porrera se encontrará finalmente con una realidad viable.

Robert Mikos, el profesor de Vanderbilt, dice que es posible trazar un interesante paralelo histórico con los Estados Unidos luego de la Ley Seca, cuando decenas de miles –quizá cientos de miles– de destilerías ilegales se concentraron para dar origen a la industria licorera que tenemos hoy en día: un puñado de empresas que dominan el mercado de las cervezas y las bebidas espirituosas. Alguna gente afirma que, con la legalización, en California podría tener lugar una consolidación similar, luego de la cual quedaría sólo un puñado de grandes distribuidores de marihuana. "Walgreens no va a vender porro, y Philip Morris no lo va a cultivar", dice Mikos. "Pero podría aparecer una gran empresa en California que se encargara de eso. Y California, como estado, podría hacer todo lo necesario para fomentar que eso ocurra. Es mucho más fácil regular un producto que venden cuatro empresas que uno que venden miles."

En el transcurso del año pasado, se sabe que el presidente Obama, a la hora de lidiar con sus problemas con el paquete de estímulo y la creación de puestos de trabajo, estuvo estudiando las políticas implementadas por Franklin Roosevelt durante la Gran Depresión para inspirarse. La revocación de la Ley Seca no suele considerarse una de las medidas de reactivación laboral del New Deal. Sin embargo, ésta tuvo lugar en 1933, cuando el desempleo había trepado casi al 25 por ciento, el punto más alto durante la Depresión. Ciertamente, la revocación tuvo algunas consecuencias económicas positivas. Alfred Vernon Dalrymple, el director de la Nacional Prohibition, que era el zar de las drogas de su época, predijo en la revista Time que la revocación "les devolvería sus trabajos a miles de personas y produciría cientos de miles de dólares en nuevos emprendimientos". Y el mismo Roosevelt, que en 1937 fue el primer presidente en declarar ilegal la marihuana, argumentó en un discurso de campaña de 1932 en Sea Girt, Nueva Jersey, que "nuestra carga impositiva no sería tan gravosa, ni las formas que ésta asume tan objetables, si una porción razonable de los millones que se destinan a esta equivocación de dimensiones colosales estuviera a disposición del Estado".

La gente como Tim Blake, que ha estado en las trincheras –o, para ser más precisos, en los viejos jardines de cultivo camuflados en la mitad del bosque–, no duda de que un cambio sustancial, como ningún otro que haya tenido lugar en su vida, es inevitable, y que se encuentra a la vanguardia de una revolución que se está gestando. Imagínense comprar un porro con la misma facilidad con que uno compra un pack de cervezas. Imagínense los chivos encubiertos en canciones de rap. Imagínense las publicidades durante el Super Bowl. "La gente no se va a llenar de plata si se legaliza el porro y entran a terciar los peces gordos", acepta Blake. "Pero van a poder ganarse la vida. Lo que va a pasar es que si de verdad te gusta cultivar cannabis, vas a poder ganarte la vida haciendo algo que amás. No vas a ganar millones de dólares. Pero hay que tener en cuenta el contexto: el país se está viniendo a pique." Blake, un sobreviviente autoproclamado, empieza a acalorarse cuando habla al respecto. "La agricultura, la industria, todo aquello que nos caracteriza como país está desapareciendo", sigue. "Pero nosotros somos afortunados. Tenemos que estar agradecidos." Me mira fijo por un largo rato, como suele hacer, con una media sonrisa congelada en la cara, y habla como si pudiera ver el futuro. Y es un futuro que le gusta. O a lo mejor simplemente está fumado.

Fuente: http://www.rollingstone.com.ar/1287240

viernes, 8 de octubre de 2010

MOTIVOS PARA LEGALIZAR LA MARIHUANA

Desde Octubre de 2007, Jorge Javier Romero Vadillo escribió una interesante entrega para la revista Crónica, que ilumina éste tema ahora en plena discusión en California y quizá pronto en nuestro convulsionado México.
Dice el autor: Comencé una causa en el facebook: hay que impulsar la legalización de la marihuana en México. Creo que es importante impulsar entre los ciudadanos la opinión de que es mejor legalizar —lo que implica poner reglas, normar, normalizar, y no simplemente liberalizar, aunque mucho de liberal tendría la medida— que mantener una prohibición sólo útil para aumentar los recursos de los delincuentes y las organizaciones mafiosas dedicadas al narcotráfico.
Es en este momento, cuando la política gubernamental de combate al crimen organizado está a punto de comprometerse con una serie de metas con los Estados Unidos a cambio de los 500 millones de dólares que le van a enviar en equipo militar, policial y en asesores, cuando el Estado mexicano está a punto de invertir siete mil millones de dólares en una guerra perdida, cuando es importante decir que nada se podrá contra los criminales mientras tengan dineros provenientes del mercado negro. La cantidad de recursos que se maneja en el mercado ilegal de las drogas es lo suficientemente alta como para sostener la guerra contra el Estado. En un país con la desigualdad de éste, el ejército de reserva de los narcotraficantes es suficientemente grande como para mantener la operación frente a unos agentes del Estado corruptibles, incluso con mejor nivel técnico, más armamento y asesores gringos.
Además, existe una forma muchísimo más racional de manejar el problema de las adicciones y los costos sociales y familiares de las adicciones: que el Estado regule el mercado, de manera que desaparezcan los incentivos para enganchar a los niños y jóvenes. Un mercado de drogas normado por el Estado, con monopolios específicos de algunas drogas —las duras, por ejemplo— y con liberalización regulada de la marihuana le quitaría completamente los incentivos a las organizaciones criminales dedicadas al mercado negro.
Es cierto, como comentaba Gabriel Zaid en su artículo en Contenido de hace un mes o algo así, que la ventaja competitiva de las organizaciones mafiosas es en los mercados clandestinos en general y no en el de las drogas. Precisamente por eso es necesario reducir al máximo los mercados clandestinos: hay que reconocerlos y regularlos. Pero como Zaid es un idólatra del libre mercado no puede pensar en mercados fuertemente regulados por el Estado como soluciones eficientes a los problemas de la cooperación social.
En el caso de las drogas es evidente que en lugar de gastar siete mil millones de dólares en una guerra perdida, se les podría ganar a los carteles (así, sin acento) legalizando y tomando el Estado en sus manos el mercado. Además de todo, podría obtener recursos importantes de las cargas impositivas que le pusiera a las drogas. El dinero ahorrado y el recaudado se podrían invertir en educación, información y prevención de las adicciones y también se podrían invertir en la mejora del clima de convivencia en las ciudades, en más actividades recreativas y culturales para los jóvenes.
Es perfectamente posible comenzar con la marihuana. No voy a hacer aquí una más de las apologías de la marihuana que se pueden encontrar en internet. Es evidente que se trata de una droga injustamente satanizada, cuando en cambio es legal el alcohol violento y asesino, culpable de la inmensa mayoría de los accidentes mortales de tráfico, y el tabaco, adictivo hasta la desesperación e indudablemente mortal, droga inútil, nada divertida y efímeramente placentera.
El tabaco atrapa a casi todos los que lo consumen y a una buena parte los mata. El alcohol también atrapa y destruye. No a todos, pero a muchos de los que lo usan. Y mata alrededor de donde se consume, ni siquiera sólo a los que se lo beben. Y la prohibición ha demostrado su absoluto fracaso ahí donde se ha impuesto. En el caso del alcohol en Estados Unidos, doce años fueron suficientes para permitir la acumulación originaria de muchas de las mafias que todavía operan en otros rubros de los mercados clandestinos. Cuando Roosvelt acabó con el despropósito puritano, el paso se dio de la prohibición a la liberación absoluta, con la creación de un mercado multimillonario que ha abusado de la publicidad, aún más que las tabacaleras, ahora culpabilizadas.
La política que se está siguiendo con el tabaco es una opción más racional. Se está restringiendo el espacio público para fumar y se está eliminando la publicidad, sin prohibir ni la venta ni el consumo. Ese es un caso de regulación extrema del mercado de un producto adictivo, dañino para la salud y con consecuencias sociales, pero a nadie se le ocurriría el desatino de prohibir completamente el tabaco. El mercado negro surgiría de inmediato y las ganancias del crimen organizado se multiplicarían.
La marihuana es mucho menos dañina. Nadie se ha muerto por sobredosis de THC, hay formas de consumirla que evitan la combustión y los efectos de ésta en los pulmones, y es mucho menos adictiva. Los marihuanas no suelen agredir al prójimo, como sí lo hacen los borrachos, y si bien es cierto que son un peligro al volante, no lo son más que los beodos convertidos en campeones de fórmula uno. Frente a unos y otros la actitud del Estado debe ser la misma: cero tolerancia a la conducción ebrio o marihuana. Pero si no conducen y si no se meten con el prójimo, entonces tanto los borrachos como los marihuanas deberían ser objeto del absoluto respeto por parte de los demás.
Hay una ruta posible para impulsar la legalización de la marihuana en México ahora. Si se suman voces ciudadanas a favor de una ruta inteligente en tres etapas. La primera buscaría eliminar la criminalización de los consumidores de marihuana. Se trataría de fijar cantidades de posesión para el consumo personal como legales —tres gramos parece lo sensato— y de fijar sólo penas informativas para los consumidores. En un segundo momento hay que impulsar la legalización del uso médico de la cannabis, suficientemente documentado, y la tercera etapa sería impulsar la legalización del cáñamo para uso industrial, con lo que muchos agricultores podrían transformar sus plantíos destinados a la marihuana en plantíos rentables de cáñamo especializado en la fibra o en la celulosa, sin contenidos significativos de THC.
En éste, como en otros asuntos, es indispensable la acción de los ciudadanos que creemos que es posible encontrar mejores soluciones a los problemas de convivencia con base en la acción eficaz de un Estado laico que fundamenta sus posiciones en criterios científicos y no visiones morales particulares.
La de la marihuana es una causa ilustrada. Conozco muchos intelectuales, artistas e incluso políticos que fuman marihuana habitualmente y no son ni criminales ni monstruos a los que hay que someter. Incluso la inmensa mayoría de ellos tampoco son adictos necesitados de un programa de rehabilitación y los que lo requerirían lo necesitan más por el alcohol que por su consumo inmoderado de mota. Es hora de que salgamos a defender una causa que nos involucra, sin hipocresía y sin moralismos idiotas.

Jorge Javier Romero Vadillo es Maestro Investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) y autor de varios libros y ensayos.